Por: Juan Carlos Rodríguez Farfán

El disco Lapislázuli de Pedro Rodríguez Chirinos nos conmina a plantearnos una pregunta elemental y sin embargo compleja: ¿cómo debe escucharse la música? La modernidad de hoy, que exige una actitud ubicua, esa de estar al mismo tiempo en distintas esferas, no nos ayuda a ejercer una atención exclusiva. La imagen del joven, adulto o viejo respondiendo al teléfono, chat o wathsaap durante un almuerzo familiar se ha normalizado. Nuestro cerebro, corazón o piel pueden multiplicarse, pueden disgregarse en actividades tan disímiles como absurdas. La pregunta de cómo se debe escuchar la música entonces se plantea de manera inevitable. Mientras comemos, trabajamos o amamos, se puede escuchar música, sin que nuestra actividad práctica y principal esté perturbada por un agente externo como es escuchar una canción. La música entonces deviene, por nuestra adiestrada no atención exclusiva, en un elemento coadyuvante, en un relleno (el terrible miedo al vacío) en un elemento utilitario según nuestra actividad o ánimo. La funcionalidad de la música y el arte se han contemplado en todas las culturas desde los albores de la humanidad. La música debe servir para algo. No tiene valor intrínseco. Sirve para barrer tu depa el fin de semana, sirve para generar una aureola de misticismo durante las ceremonias religiosas, servía para aparrar una hembrita que deseabas, en la feliz época de las baladas a media luz… Y si la a condición esencial para escuchar música fuera el silencio… Lapislázuli, el hermoso disco tejido, esculpido, pintado por Pedro Rodríguez nos invita a un ascetismo gozoso. Es una convocatoria al silencio. Silencio previo y silencio posterior. O mejor, silencio durante. Un silencio sobre lo que hemos aprendido según nuestras biografías y preferencias personales. Es música sin utilidades. Creación enraizada en una tradición milenaria y cósmica. La de una humanidad más allá del carbono 14. Esta particularidad de escucha exclusiva y atenta que merece Lapislázuli de Pedro Rodríguez, sin embargo puede entrañar un defecto. Su universo de inspiración e investigación es una cultura precisa, un universo donde el intercambio múltiple: danza, canto, rito, labores agrícolas y vida concreta, dan sentido a los cantos. El arte por el arte no existe en el universo quechua-aimara. Una canción que no se danza, no es música. Una canción que no contribuya a la marcha del universo es insulsa… Lapislázuli no es bailable, ¿por lo tanto no es popular, por lo tanto no tiene sentido? Pero aquí radica otro de los factores fundamentales de la subversión creativa y musical de Pedro Rodríguez Chirinos. Lapislázuli, sí se puede bailar. En micro secuencias rítmicas, en micro filmes que podemos crear desafiando, o mejor desarrollando, la ubicuidad impuesta por la tecnología. La sucesión vertiginosa de instrumentos, géneros y colores exigirán de seguro músculos y hemisferios vigorosos en arca- ira (*). El enraizamiento de Lapislázuli en la mejor tradición cultural quechua-aimara del altiplano sur andino, es una garantía contra devaneos antojadizos. La cultura andina es una materia seria por explorar y muy pocos espíritus han acertado en su afán de explicarlo. Pedro Rodríguez Chirinos ha invertido buena parte de su vida en aprender de la fuente, del puquio original. Inicialmente imitando, luego interpretando, enseguida estudiando, para finalmente crear. Crear, crear, y ahí está el detalle ¿Quién crea en este país?, ¿ un Perú donde la emisión más sintonizada de la televisión; aceptada por derechas e izquierdas, por católicos y ateos, es esa donde se celebra al imitador, al que se parece por mimetismo o maquillaje a un ídolo muerto: una celebridad por no ser uno mismo. Pedro crea con sentido, sentimiento, conocimiento y audacia, Pedro Rodríguez Chirinos un nombre que nadie memorizará. Pedro qué importa…Lo que permanecerá es su obra, Lapislázuli, y una promesa (diez discos a venir en un proyecto denominado TonaliAndes) una manera de vivir e interpretar su época, en consonancia con trucos de brujo contemporáneo, eso de grabar un sicuri que requeriría por lo menos dos individuos, pero fue resuelto por él solo, solito, y que resuena físicamente como un centenar de magníficos ejecutantes de la altipampa. Con disciplina y testaruda búsqueda de la perfección. Una armonización con el ancestro viviente, más allá de folklorismos baratos y de alucinaciones de improvisado marabú. Una obra honesta y sin embargo perturbadora, una obra que convoca igualmente catedral gótica y templo Chavín. Una invitación al viaje, no turístico. Un viaje a las arterias del ser andino, del ser original: el ser humano. Lapislázuli nos conmina a escuchar, nos alienta a interesarnos en el semejante. Nos invita al silencio, previo, durante y posterior a aquel que es necesario para amarnos en plenitud. *Arca-Ira, forma elemental como se articula un sicuri. Cañas de seis y de siete tubos. Masculino/femenino. Hanan/Urin, arriba/ abajo. Diálogo constructivo y constructor.

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