— Redacción Diario El Pueblo —

Por: Orlando Mazeyra Guillén

TODOS VELAMOS AL TERRORISTA

Al final pasó lo peor, eso es lo que más me jode —te comenta Carlos, como lamentándose, luego de llenar el vaso.

¿Lo peor? ¿De qué hablas, gil? Si el pata ya está más frío que la chela que acabas de destapar… más frío que Claudio Pizarro con la camiseta de la selección…

¿No te diste cuenta? —pregunta mirándote con un gesto perdonavidas—. Todos terminamos velando durante varios días a ese hijo de la guayaba. ¡Qué vaina! ¡Todo el Perú!

O sea que le terminamos haciendo un favor a esa lacra.

De todas maneras, hermano, y la prensa para variar puso su tremendo grano de arena —dijo malhumorado—. Había que incinerarlo al toque y desaparecer sus cenizas antes del lunes.

Eso no solucionaba nada…

Era lo mejor para todos, manito.

Pero, luego de cremar sus restos, ¿dónde las querías dejarlo?

No sé.

¿En las playas de Mollendo? ¿En los nevados de Ayacucho? ¿O en el cole?

Ándate a la mierda.

Tú no me creías que había sido un estudiante destacado. Fue el primer puesto en tercero de secundaria, Carlos.

Ese anuario que apareció en el libro de Jara también lo debieron desaparecer. Por otra parte, gil, ¿a mí qué me importa que fuera el primer puesto?

Te digo que era aplicadito nomás como tú; en algún momento se torció… Pero, ¿en cuál?

Oye, no me interesa. Dime una cosa, ¿dónde están las excelencias del cole? Los primeros puestos son una anécdota. Las personas valiosas se definen después…

¿En la universidad?

No —retrucó—. En la vida.

Muchos no te perdonaron cuando, hace varios años, escribiste ese relato que recordaba la muerte del director del colegio, el Hermano Oso, y mencionaste la leyenda urbana que germinó el año 1992. Se dice que Guzmán volvió a Arequipa y, poniendo en riesgo su libertad, se despidió de uno de los maestros que más recordaba. Ocurrió apenas meses antes de que lo capturaran en Lima. Seguramente fue la última vez que pisó la ciudad. “Gil —te dice bajando la voz—. Dime la verdad”.

¿Cuál de todas?

¿En verdad esa escoria volvió a pisar el cole para despedirse del Oso?

Yo creo que sí.

No. Tú te lo inventaste todo con esa obsesión que tienes de hacer pasar gato por liebre.

¿Estás hablando de mí o del Movadef?

No estoy para bromas, mano. Al final ese fiasco ha terminado como se lo merecía. Si hemos festejado la muerte de Alan, ¡cómo no vamos a celebrar la muerte de Guzmán!

Tienes razón, Carlos. ¡Salud, carajo!

¡Salud! —te responde—. Sólo faltan Fujimori y el tío Vladi.

No, Carlitos. Tú estás meando fuera del tiesto —le avisaste—. Falta un huevo de peruanos. Tantos que de sólo pensarlo siento miedo…

Mira, sin Augusta la Torre a su lado, Guzmán no podía hacer ni mierda… Esa es la verdad. Nadie puede endiosar a semejante cobarde que escribía con las patas.

¿A qué te refieres?

Yo terminé de leer ese bodrio titulado “De puño y letra”.

¿Y?

No sirve ni para limpiarse el poto.

Esa es la clave, Carlos.

¿Cuál clave?

A Guzmán hay que recordarlo, discutirlo. Desbaratarlo. Y, al final, limpiarnos el poto con él y con todos sus fanáticos.

¿Te acuerdas de ese reportero de un programa dominical que se paseaba por las universidades de Lima mostrando la foto de Abimael y los estudiantes decían tonterías?

Claro, nadie lo reconocía.

Decían que era Francis Ford Coppola.

Ese es el Perú, Carlos: un cachimbo que no puede limpiarse bien los mocos y que confunde a un terrorista con un cineasta. ¡Ese es el Perú!

Por favor, ya no andes comentando que estudió en nuestro cole y que fue uno de los más aplicados de su promoción.

Está bien. Pero, ¿te acuerdas lo que nos dijo el Prefecto de Disciplina aquella vez que quisimos armar un chongazo en la secundaria?

Nunca lo voy a olvidar. No puedo; así me esfuerce.

Telésforo Galdos lanzó una interminable carajeada. Les dijo que los retaría a pelear “uno por uno” pero que él “sólo peleaba con hombres y no con huevadas”. Trapeó el piso con ustedes. Y al final, antes de abandonar el salón de clases, les informó a todos cuál era su más ansiado sueño, aquel que tu amigo Carlos recuerda con emoción, y al pie de la letra, antes de volver a secar el vaso: “Mi única misión es que no volvamos a tener otro Abimael Guzmán. Y no hablo sólo de este plantel, sino de todos los colegios del Perú. ¿Entienden, bestias?”. Secretamente Carlos y tú asienten como aquella vez. Por eso vierten un poco de cerveza al suelo: a la memoria de Telésforo Galdos, el Prefecto de Disciplina que era más recto que una flecha.

Gil, el Galdos con un par de manazos lo ponía en su lugar a ese terruco.

Por supuesto —asientes y disfrutas imaginando aquella improbable escena: Galdos contra Guzmán. ¡Qué delicia! El Prefecto de Disciplina lo haría viruta.

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