Por: Hélard Fuentes

No hace falta trashojar las páginas de nuestra historia para darnos cuenta que la oscuridad proviene de todas partes. A veces motivada por un grupo de energúmenos que bajo una imagen distorsionada de ‘justicia’ terminan sumiendo al país en el terror. Otras veces alimentada por gobiernos corruptos que hacen de ella, de esa oscuridad, una muestra tenebrosa e institucionalizada para sostener su poder. De cualquier lado, la ‘oscuridad’ es una instrumentalización del poder, orquestada para imponer un nuevo sistema o secuestrada para proyectarlo, en una interminable novela donde algunos acaban pontificándose sacando provecho de la satanización del otro, cuando les corresponde a ambos las mismas sombras.

Probablemente la dicotomía no esté en la ‘oscuridad’ porque siempre es la misma –siniestra, infausta, infame y aberrante–. Quizás se encuentre en el poder. Por lo tanto, los años de oscuridad de un país, de una sociedad, se deben en gran medida a la impenitencia del tiempo, de sus hombres obtusos y tercos, de sus ‘santos’ enclaustrados en el odio y la venganza o de sus ‘diablos’ evitando reconocer las heridas que han provocado con su ceguedad, acomodo e indiferencia.

La oscuridad, en realidad, tiene muchos nombres y toma muchas formas –la de sus demonios e inocentes–. Eso sí. Siempre termina en lo mismo: «genocidio» y en cualquiera de sus extremos deberíamos desterrarla. Pero, ¿cómo hacerlo? En un país que diariamente expone sus miserias: de un lado, haciendo apología al ‘terrorismo’, y del otro, con sus millonarias campañas para infundir ‘miedo’ y ‘terror’ con el solo propósito de ‘polarizar’ a la población.

La oscuridad, entonces, también llega de todos lados. Un día despierta en forma de ‘ocurrencia’ y se disfraza de ‘luz’, acude al argumento trasnochado de otra época sin la mínima intención de comprender o siquiera aproximarse a la palpitante realidad. Ahí están los polos –los extremos de una izquierda y una derecha cavernaria– urdiendo desde la oscuridad, con la actitud ociosa, inteligible y atenuante de no entender que somos una sociedad compleja, que los años no pasan en vano, que nuestras demandas son la tranquilidad y transparencia junto a un ‘perdón’, mucho tiempo postergado, que dignifique la memoria de tantas familias.

Lo que hubo en el Perú fue terrorismo y violencia política. Reconocerlo en sus dos términos significa transcender para confinar a todos los monstruos y sus fantasmas, algunos disfrazados con un ‘puño’, otros refugiados en el discurso de la ‘democracia’ y el ‘trabajo’. No debemos minimizar ni victimizar ninguna de las partes en esta historia de terror que llámese «conflicto armado» o de cualquier forma, lleva el nombre de tantos camaradas como del mismo gobierno. La cosa es sencilla. No se puede –en absoluto– venerar a los despreciables ‘emerretistas’ y ‘senderistas’, tampoco ensalzar al nefasto gobierno fujimorista que durante años nos sumieron en la oscuridad. Ahora sí, la oscuridad tiene un solo nombre: «poder».

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