Por: Yero Chuquicaña

Es viernes por la mañana y estamos desayunando, cuando mi padrastro me acribilla con sus charlas sobre «buenos ciudadanos» y «el futuro próximo». La primera tiene como objetivo convertirme en un individuo capaz de valerse por sus propias manos. La segunda es una advertencia sobre el final de la escuela. Mi adolescencia, dice él, tiene fecha de caducidad. Una vez concluida la secundaria debo encontrar algún cachuelo para ayudarme a pagar la carrera en la Mariátegui o, en su defecto, la instrucción técnica del Senati.

Las cosas no son gratis, dice mi padrastro a menudo, le cuesta a tu madre y me cuesta a mí. Todo tiene precio, desde mis calzoncillos hasta mi corte de cabello. Él había sido regidor municipal durante la gestión del Chino Herrera, y militar antes de eso. Lo que hizo por Ilo durante ese periodo no lo recuerda con exactitud. Lo que le hubiera gustador hacer y no hizo, nos lo recuerda siempre.

Mi padrastro está convencido de que todo lo que recibo en casa –desde la cama y la comida– es una especie de préstamo que debo reembolsar cuando termine de estudiar algo de provecho. Nunca tengo ganas de llevarle la contra cuando habla de aquel préstamo simbólico. Su condición de prestamista le otorga cierto poder sobre la casa y sobre mí. Por algo lo escogió mi madre, para tenerme a derecho. Y mi madre sabe escoger las cosas que necesito para vivir, desde los jeans que me duran años hasta los amigos con los que puedo andar. Aunque mamá, por más que lo intentó, no pudo evitar que me hiciera amigo de todo el mundo. De papá no sé mucho. Solo que era un «rompecorazones» con demasiadas ganas de compartir su apellido. Nos abandonó cuando yo tenía siete años y me operaron de una hernia.

Después del desayuno Félix, mi padrastro, quiere que le arregle el jardín. Tengo que deshacerme de la mala hierba de una vez y para siempre.

—Arráncala desde la raíz, así ¿te das cuenta? —dice, enseñándome por décima vez cómo hacerlo correctamente—. Si no la arrancas de esta manera volverá a crecer.

Pero la mala hierba, a pesar del esfuerzo, siempre crece de nuevo.

La segunda tarea de la mañana consiste en limpiar el techo del segundo piso. Félix y mamá planean construir un pequeño cuarto de ladrillos y techo de calaminas para mí. La idea, lejos de disgustarme, me fascina. Estoy seguro que Félix ve peligrar, de forma que solo él puede concebir, su soberanía en la casa. Yo me hago más grande cada día y me pongo más peludo. Él envejece y las cosas ya no las hace con las mismas ganas ni con las mismas rabietas de antes.

En unas semanas más buscaré un trabajo temporal. En unas semanas más empezaré las clases de preparación para el Senati. Me he decidido por la carrera de Mecánica de Mantenimiento. No sé de qué va con exactitud, pero algunos chicos de mi promoción encontraron el nombre de la carrera atractivo. Nos anotamos ahí en mancha. Me hace falta un mameluco, guantes, gafas protectoras y un casco de seguridad.

Por unas semanas más le pertenezco a mi padrastro.

Hasta entonces, me dedicaré a limpiar la tierra del techo, las bolsas de galletas y la caca de los gatos. A veces, cuando la caca de gato se reseca por el sol durante muchos días y la barres, se hace polvo. Y llega irremediablemente a tu nariz.

Más tarde ese día, él tío Harold, que no es mi tío y es demasiado joven para ser el tío de alguien, sube por nuestra calle y me encuentra saliendo del garaje con las manos ocupadas. Estoy lavando el Toyota blanco de Félix con apenas un balde de agua y un jarro de detergente barato. Félix no tolera que desperdicien el agua, ni la luz, eso también le cuesta. Este balde tiene que durarme para toda la carrocería. Haciendo a un lado, claro, las llantas. Si se trataba de las llantas, el mismo Félix puede pasar minutos rociándolas de agua con la manguera. Aquel acto insulso lo hace feliz. Verme limpiar el auto entero con un solo balde le causa satisfacción. De su fugaz incursión política, aquel trasto del 99 fue lo único que Daniel había conservado sin arañazos.

Antes, cuando hacía taxi para Félix, el tío Harold solía venir a casa cada noche. Harold y mi padrastro se conocen de años, cuando trabajan en la Municipalidad, el primero como administrativo de limpieza. La situación de Harold es un completo asco. Anda con los bolsillos cortos y cara de meterse trancas que duran días. Pero a pesar de todo, mi padrastro le confío el auto para taxiar y lo hizo bien un tiempo. La jornada duraba siete horas, luego cinco. Luego comenzó a faltar. A veces no llegaba a la cuota negociada por día. A veces llevaba gratis a sus compadres del varadero. Un día los policías lo detuvieron y el carro se fue al depósito. Estaba borracho y tenía una mujer dormida en el asiento trasero. La mujer dijo que no sabía por qué estaba en el auto y echó a correr descalza. Mi padrastro casi llegó a los golpes. Recuerdo que aquella vez le dijo algo como: «Un paquidermo borracho conduciría mejor que tú». Luego le gritó que se largara.

Mi padrastro contrató a otro tipo para que manejara el Toyota. Un tipo cuyo nombre no recuerdo porque nunca vi en el nada que pudiera criticarse. Un tipo aburrido por donde se le mire. Quizá por ello mi madre nunca lo invitó a cenar a la casa, ni mi hermana le dijo buenas noches ni yo recuerdo su apellido.

Nuestra casa está en la calle Lima, en Miramar. La de Harold queda más arriba, pasando la Garrincha, la cancha donde tiramos pichanga los martes. A menudo veo a Harold andar de camino a su tugurio. Subiendo la pendiente con la fatiga de su mala suerte abrazada a sus piernas.

¡Junior!, grita cuando me ve frotando por segunda vez la franela sobre el capote. ¡Junior, hijo del tollo y el ojo de uva! ¿Tienes un sencillo?, pide en medio de la pista. Te lo suplico, no tengo nada. Nada de nada.

Dejo lo que estoy haciendo para ver en qué estado se encuentra. Parece que el pantalón y la casaca de cuero rasgado que lleva encima han sido revolcados por varios kilómetros de tierra, con él adentro. El cabello lo tiene canoso, pero por el polvo. Y la boca, seca como hilos de telaraña.

¿Un solcito tienes? ¿Una monedita por ahí, sobrinito?, implora, hundiendo el cuello dentro de los hombros. Anda, una luquita, la barriga está que grita, Junior. ¡Grita! Harold se me queda mirando con tal determinación que me veo obligado a meter la mano en el bolsillo.

Está piña, digo, enjuagando la franela, ahorita estoy en las mismas. El tío Harold parece decepcionado. Vuelve en un rato, le propongo, mi vieja no está. Trae un taper, agrego.

Luego me empeño en frotar el parabrisas hasta que pueda ver mi reflejo en él. Harold se queda de pie en el mismo lugar, resistiendo el peso de su cuerpo antes de que el sueño lo tumbe. Balbucea incoherencias para sí mismo y de repente, como si la vida le diera un pinchazo, echa a andar calle abajo. Tal vez la borrachera lo tiene tan perdido que ha olvidado que se dirigía para arriba, o quizá vuelve hacia abajo porque ha perdido algo.

En un par de días, el pedido de ladrillos rojos, fierro y cemento que se necesitan para levantar mi nueva morada desembarcará frente a la casa.

—Inmediatamente después —explicó Daniel—, te los metes al patio en orden. Si del medio millar te falta uno, no sé de dónde vas a sacar más para completar el cuarto. Y si te sobran, ya te puedes ir haciendo una cama con ellos —bromeó aquella vez, o yo quise creer que se trataba de una broma.

Su sentido del humor a veces puede ser bien cojudo. A veces también me dan ganas de apostarle en su cara que algún día lo enfrentaré a golpes. Pero mi falta de expectativas sobre ese «gran día» jamás me ha llevado a concretar mi amenaza silenciosa.

Cuando termino con el auto, lavo mis pies salpicados de barro y guardo el balde y la franela en el patio. Luego regreso a la calle para asegurarme de que he cerrado las puertas del carro con pestillo, y veo a Gil Pérez descendiendo la calle rumbo al puerto. Nos identificamos con un chiflido de silbador añonuevero.

Gil es espigado, flaco y tiene un tatuaje que dice Mi vida es mi arte, mi arte es mi vida en inglés alrededor de su cuello. Para presumir tal genialidad Gil usa bivirís todo el rato, a pesar de que sus brazos parecen dos barandas delgadas de color cebada. Gil terminó la secundaria el año anterior y no ha planeado nada aún.

¿Qué vas a hacer más rato, primo?, pregunta mientras chocábamos los puños. Gil tampoco es mi primo.

Iré a casa de Jackie, contesto sin muchas expectativas, más tarde, cuando vuelva mi vieja.

Jackie Neira y yo estamos saliendo desde hace dos meses, y nos vemos los jueves y viernes de noche. Cuando voy a casa de Jackie, su madre baja al mercado Pacocha a cotorrear con una prima suya, y yo me quedo a solas con Jackie. Con tantas encerronas, Jackie y yo hemos pasado de hacer cosas de pareja a hacer cosas sucias con nuestros dedos y lenguas. De esta forma, la relación se ha tornado fatigosa demasiado pronto. Lo que hacemos para contener las ansias, a menudo, es contarnos cosas que nos han pasado durante el día. Platicas en las que parece que lo decimos todo, pero que, en realidad, no se dice nada, frente al parpadeante rostro de Raúl Romero. Mis historias por lo general son aburridas e involucran a mi familia. Las de ella incluyen chismes sobre sus amigas del Becerra, a las cuales califica, con un tono chillón, de «almejas». No entiendo por qué.

¿Y más tarde?, quiere saber Gil notablemente emocionado. Se trae algo entre manos o, más bien, a juzgar por la forma en la que sacude los bolsillos de su short baggy, se trae algo consigo.

Mira lo que tengo acá, dice, sacando la billetera y mostrándome lo que llevaba dentro: un par de condones repartidos por el estado, tres monedas de cinco céntimos y un papelito cuidadosamente doblado.

¿Quién te la consiguió?, pregunto mientras se guarda la billetera otra vez.

Tinky Winky me invitó algo ayer. Después le insistí tanto que atracó y me sacó uno, me cuenta observando de lado a lado, como cerciorándose de que nadie meta sus narices, solo nosotros. Estás solo, ¿no?, dice, agachando la cabeza.

Mi vieja salió con Félix, digo, no pasa nada.

Quiero ver si está buena, escupe Gil, quiero saber si me la han pateado. ¿Probamos?, pregunta.

¿Ahora?, digo.

No, más tarde… ¡Ahora pe, primo!

Vamos al carro, propongo sin saber qué tipo de protocolo seguir, ahorita todo el barrio está jateando o viendo a la Barbosa.

¿En el carro?, pregunta Gil.

Nadie nos puede ver adentro, le aseguro, confía en mí.

Abro la puerta del asiento trasero y nos acomodamos haciendo sentadillas. Gil me enseñó a fumar yerba por primera vez a los trece, a mitad de una clase de educación física. Si vamos a revelar el secreto mejor guardado de los buitres del barrio, no se me ocurre otro compañero. Por supuesto, yo no creo que Gil lo haya hecho antes. Solo está alardeando para hacerse el bacán. Por mi lado, mi aburrimiento se puede intoxicar hasta con el aroma de un Uju vencido.

Además, en dos semanas, la vida me valdrá una mierda.

Gil saca el papelito de la billetera y lo desdobla con cuidado. Vemos su contenido y luego nos damos una mirada de «¿esto es?». Ahora qué, pienso. Ahora qué, le digo. Gil empapa la puntita de su dedo índice e impregna un poquito en la yema para llevársela a la boca. Palpita los labios como lo hace mi madre cuando prueba la sal del estofado.

A ver tú, me dice, tratando de interpretar el sabor que tiene en el paladar. Imito a Gil y me llevo un dedo bañado a la boca. No siento nada.

¿No vas a usar la nariz?, le digo, derrumbándome en mi lado del asiento.

No, ahora no. Tenemos que estar bien cagados, explica, guardando el papelito en la billetera. Cuando estás pálido esto te levanta de un quiño, me dice, así me lo explicó Tinky Winky. Mañana puede ser, ¿te apuntas? A ver qué sale.

Toda la cámara del carro arde. Durante horas el sol ha calentado el cuero del asiento y, con o sin bermudas, se nos achicharran las piernas. Con cada segundo que paso adentro, sin embargo, más ganas tengo de quedarme ahí. Es como un arrullo. Como dos masas de pan esperando dentro del horno. Siento la punta de la lengua ligeramente adormecida y empiezo a parpadear como un foco en una película de terror.

¿Oye, me puedes hacer la taba con la Ja…? ¡Mierda!, Gil se echa para atrás asustadísimo.

Un puño ennegrecido golpea la ventana. Por un segundo creo que se trata de mi madre o, mucho peor, de Félix. No sé qué me asusta más, que mi mamá me encuentre con Gil o que Félix me encuentre en su auto con Gil. Lo de la lengua no me preocupa tanto. Pero es el tío Harold. Ha pegado la nariz a la ventana y la ha empañado. A juzgar por sus ojos desorbitados, está hecho un huayco. Apoya las manos asquerosas en el techo del carro y barre todo el vidrio con su boca, dejando huellas disformes de sus labios. Ahora gesticula algo que logro captar recién al tercer intento, después de recordar lo que le había prometido. Avergonzado, como si dentro de su propio viaje comprendiera que nos ha pillado, titubea:

Sobrino, el taper. Traje el taper.

Y lo aplasta contra la ventana para que podamos verlo.

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