Por: Rubén Quiroz Ávila

¿Cómo se define quién es escritor? Parece obvio, pero no lo es. Como toda práctica cultural, está imbuida de un conjunto de negociaciones sociales y conceptuales. Lo más básico supone que esa acción con la palabra escrita y con cierto formato aceptado nos dan indicadores de sus posibles características.

Sin embargo, lo que sucede es que hay filtros que no están ligados al propio proceso de escritura. Como todo reconocimiento de una función social, responde a categorías sociales que involucran intereses diversos y tendencias hegemónicas, así como la existencia derivada de grupos sistemáticamente invisibilizados. No se trata de la propia escritura como tal, sino de una disputa por los campos culturales que marcan el paradigma y un espacio bélico para su administración de poder.

Una de las fuentes de validación es el circuito mediático. Como toda dinámica en la que están involucrados intereses de predominio, se trazan estrategias que, repito, no tienen nada que ver con la supuesta calidad o valor de un texto. Es decir, hipotéticamente un genio, o más bien, un brillante y hábil escritor, puede pasar completamente desapercibido si su red social no es suficientemente poderosa para imponer su posición más favorable. Claro, suele ser un tonto consuelo de muchos creerse a sí mismos como genios olvidados y que, ilusamente, algún día serán reconocidos. Es una fe más bien necia que sublime. El genio no existe porque no hay un único modo de definir la anhelada como utópica calidad literaria. Lo que en una época puede parecer válido, en la otra no lo es. La historia es un cementerio de famosos coyunturales y, ahora, pasto del olvido.

Descartada la genialidad por falsa, nos queda algo más pedestre. En realidad, se fabrica al escritor. Por ello, las tácticas para acrecentar su presencia tienen razones estrictamente financieras y de posicionamiento social. Crea un capital simbólico. Varios de los escritores presentes permanentemente en los medios de comunicación son actores de una cadena de producción industrial. Aquí poco tiene que ver el bien común, o que esa obra incrementará el valor cultural de una comunidad. La razón es simple: la venta de los libros. Ese objeto, un bien, es resultado de una logística material que va desde la producción como tal hasta los requerimientos comerciales y de marketing. En este caso, que es el dominante, el escritor es un objetivo del plan de negocio, una meta comercial, un pretexto para hacer sostenible el negocio. Hay toda una maquinaria para mantener a este escritor industrializado con reflectores permanentes. Eso significa que asista a ferias de libros, a conferencias, a eventos donde el reconocimiento es funcional a la marca.

Entendido de esa manera, ser escritor es casi un merchandising. Claro, hay otros, los imprescindibles, que escriben y escriben sin que nada de lo anterior les importe.

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