Por: Carlos Meneses

“En ninguna parte del mundo, el terrorismo ganará la batalla final, por mejorar las condiciones de vida de las poblaciones que, supuestamente, defienden con un sistema sustentado en la muerte y en la violencia”.

La muerte y posterior cremación de Abimael Guzmán no es sino parte de un proceso que debe eliminar y para siempre el terrorismo al que estuvo sometida la República durante los 12 años de actividad de Sendero Luminoso y de la represión que fue necesaria, por parte de las Fuerzas Armadas para evitar que este país fuese presa del caos y de la entronización de la violencia como forma de gobierno.

En México, ante la OEA y en las Naciones Unidas, en la Asamblea General, el gobierno peruano ha ratificado al mundo que nunca más habrá terrorismo, por decisión de todos los peruanos y por convenir a los intereses, no solamente de la comunidad, sino de la convivencia y de la fraternidad.

Es cierto que tenemos que reducir las brechas que separan a sectores de ricos y pobres, apuntalar la unidad nacional y procurar un desarrollo que genere riqueza y bienestar, pero también comprometernos a que no será la violencia una solución para nada buena.

Recusamos hoy, como lo hicimos antes, al baño de sangre que desató Sendero y reconocemos que con la violencia no se logra ganar ninguna batalla. Mucho menos, conseguir que la paz reine sobre el planeta haciendo que los equivocados dejen de existir por eliminación física y no por convencimiento de que cualquier combate se gana con razón, con justicia, con verdad, en libertades y no privando de la vida, a quien se tiene en frente, en la competencia de hacer el mundo mejor que antes.

Guzmán es un capítulo cerrado, nunca deberá reabrirse, solo significará una pesadilla que estuvo a punto de conseguir victoria de no ser por los patriotas que lo enfrentaron con valentía y firmeza.

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