Por: Willard Díaz

Podemos considerar que la literatura arequipeña republicana se inicia con la obra de Mariano Melgar porque, aunque como Moisés que desde la cumbre del monte Nebo solo alcanzó a divisar a lo lejos la tierra prometida, Melgar murió seis años antes de la Independencia por la cual había luchado, pero el espíritu de su poesía anunciaba ya una imagen del hombre y la sociedad que corresponden a la nueva era.

Mariano Lorenzo Melgar nació el 10 de agosto de 1890. Su padre, un español arequipeño pobre, tuvo ocho hijos de un primer matrimonio y once del segundo con María Valdivieso, la madre de Melgar. Con tan basta progenie, al padre le pareció que la mejor solución para el incierto futuro del poeta era el sacerdocio, que la iglesia se encargase de la educación y manutención de su talentoso hijo; por ello lo hizo tonsurar a los siete años para que pudiera estudiar en colegios católicos y recibir los hábitos en la mayoría de edad. Pidió al mismo tiempo que se le concediera una capellanía a fin de cubrir los gastos de su educación, y esta le fue concedida en la Hacienda de Guarango, Majes. A los ocho años Melgar fue nombrado capellán. Según las costumbres de entonces los propietarios de haciendas solían pedir los servicios de un sacerdote para los oficios religiosos —bautismos, confirmaciones, bodas, misas de salud, etc.—, por los cuales se les asignaba una renta.

No duró mucho la seguridad económica del menor, parientes del antiguo capellán reclamaron derechos y se suspendió la entrega del dinero. El padre de Melgar se embarcó entonces en una serie de juicios y pedidos durante más de diez años, sin suerte alguna.

Mariano Melgar entretanto recibió la mejor educación provinciana de finales del virreinato que se podía lograr; dotado de inteligencia, sensibilidad y espíritu de trabajo destacó como alumno externo del convento de San Francisco, primero, y luego en el Seminario de San Jerónimo que funcionaba en el mismo lugar. Fue calificado docto en Latinidad, Retórica, Teología y Filosofía (que por entonces comprendía prácticamente todos los saberes, incluida la Física y las Matemáticas); y pasó a ser docente en el mismo Seminario a partir de 1810, a sus veinte años.

Como profesor de Retórica y de latín Melgar tuvo que hacer traducciones de los poetas latinos para sus estudiantes. Tradujo parte de “Remedios de Amor”, de Ovidio, y le dio por título “Arte de olvidar”; sin duda esta fue su escuela de composición poética y quizás de la temática. Si bien Melgar empezó escribiendo por encargo las loas, odas y saludos rimados para las nuevas autoridades y personajes eclesiásticos que llegaban a la ciudad, apenas se vio liberado de la carrera eclesiástica impuesta por su padre, tras el definitivo rechazo de sus pretensiones con la capellanía de Majes en 1811, se interesó más por la poesía amorosa y romántica de su época.

Según uno de sus biógrafos, “La mayor parte de su producción lírica [de Melgar] corresponde a la mejor época de su vida libre, comprendida entre el egreso del Seminario conciliar (julio de 1813) y su enrolamiento en filas del ejército revolucionario de Pumacahua (2da quincena de noviembre de 1814)”. En este corto período de menos de año y medio Mariano Melgar escribió la mayoría de los versos que le dan su fama de fundador de la poesía peruana, que Mariátegui subrayó.

Tras un breve viaje a Lima, donde esperaba recabar un título de abogado que al parecer no consiguió, volvió a su ciudad natal. Enamorado de una prima suya, a la que llamó poéticamente Silvia, le dedicó una carta de 522 versos y varios poemas de amor contrariado. Cuando su propuesta fue rechazada Melgar se volvió hacia una nueva pasión, la libertaria.

En esos años en nuestro país empezaba a crecer un sentimiento general contra la injusticia del dominio colonial, sentimiento que en solo un par de años se convertiría en anhelo de libertad ante España. En Cusco los hermanos José y Vicente Angulo inician en 1814 una revolución que toma como caudillo a Mateo García Pumacahua. Melgar, que se hallaba reponiendo de males de amor en Majes, se enrola en Chuquibamba a las fuerzas patrióticas y es nombrado Auditor de Guerra.

Pocos meses después cae prisionero tras la derrota de los insurgentes en Umachiri, cerca de Ayaviri. Al día siguiente, el 12 de marzo de 1815 el poeta soldado fue fusilado.

Fue enterrado en la Capilla de Umachiri; solo en 1833 sus restos fueron exhumados y trasladados a su ciudad natal donde Melgar estrenó en ceremonia multitudinaria el Cementerio General.

Parte de la imagen de Melgar que hoy tenemos se debe a la necesidad del mito del héroe patriótico joven, poeta, romántico, visionario y aventurado que toda identidad cultural e histórica requiere. Probablemente hay más de Melgar en ese símbolo imaginado, alimentado y sostenido por sucesivas generaciones que en la propia obra y vida del ser humano, pero de esos símbolos está construido el mundo y al final son los que trascienden e importan. Hasta hoy, por ejemplo, no hay certeza sobre la autoría de muchos de los poemas y yaravíes atribuidos a Melgar, todavía hacen falta estudios filológicos, históricos y literarios para determinar un corpus fiable.

Es significativo que no sepamos a ciencia cierta cómo era el rostro de Melgar. La imagen que conocemos y se ha popularizado en todas las representaciones del poeta no es un retrato suyo, lo halló Pedro José Rada y Gamio en un libro propiedad del puneño Martín Ureta, que contenía poemas de Melgar manuscritos por Ureta quizás a medida que aparecían publicados en diarios y revistas. En ese libro, en la última página, “se registra un retrato dibujado a lápiz. Tiene el mismo peinado y cuello del vestido que el óleo de Melgar por Zeballos”, y luego Rada y Gamio se pregunta: “¿Es el retrato del poeta mistiano? ¿Es el relato del antes nombrado Ureta, o de quien fuera el copista de tal colección? ¿O es un dibujo caprichoso?”. Nunca lo sabremos.

SONETO A SILVIA

Bien puede el mundo entero conjurarse
Contra mi dulce amor y mi ternura
Y el odio infame y tiranía dura
De todo su rigor contra mí armarse;

Bien puede el tiempo rápido cebarse
En la gracia y primor de su hermosura,
Para que cual si fuese llama impura
Pueda el fuego de amor en mí acabarse;

Bien pueda en fin la suerte vacilante,
Que eleva, abate, ensalsa y atropella,
Alzarme o abatirme en un instante;

Que al mundo, al tiempo y mi varia estrella,
Más fino cada vez y más constante,
Les diré: “Silvia es mía y yo soy de ella”.

Dejar respuesta

Por favor ingresa tu comentario
Por favor deje su nombre aqui