Por: Franklin Cornejo

Los pueblos y los ciudadanos nos desenvolvemos en contextos complejos, donde se dan situaciones de confusión, inseguridad y conflictividad; frente a ello, reflexionar sobre la vida buena es una salida (benigna) para tomar conciencia sobre lo que se ha elegido y la calidad de vida que se aspira tener o se tiene, esa es la base de la ética aristotélica.

Proyectar actitudes para hacer el bien tiene un doble valor; por un lado, es una reflexión, pero también una toma de conciencia acerca de cómo nos relacionamos de forma positiva con las personas, los animales, la naturaleza y las instituciones. De lo que se trata es de no afectar de modo negativo.

Lo que se busca es elegir y discernir un modo de vivir y de valorar. Lo deseable es que todo ello con el tiempo se vaya convirtiendo en capacidades que permitan establecer vínculos interhumanos en espacios de participación institucional y social que se pueden convertir en memorias, historias, narrativas o políticas públicas, pedagogías, gobernanza, comunicación ciudadana.

Pero esto requiere comprender una cuestión de fondo, es decir, que el bien social es situacional, es una práctica razonada. Sin contexto, realidad, ni diferentes actores sociales interactuando en conversaciones, deliberaciones públicas y comunidades no se dan las condiciones para una vida buena.

Repensar sobre la vida buena es una oportunidad para ver la vida como una esperanza por el bien, la verdad o la justicia; y a partir de esos valores compartidos las personas en una ciudad conectada a internet o un pueblo rodeado de ríos y bosques puedan afiliarse y constituir las diferentes comunidades (con bienestar y justicia) que le den sentido a la sociedad local o nacional.

En el fondo, esta es una experiencia de ciudadanía intercultural, donde la coexistencia de diferentes grupos sociales pueda encontrar mecanismos de encuentro para hablar de aquello que les permita tener desarrollo y felicidad, que tiene que ver con tener trabajo y cumplir un proyecto de vida, pero también con reducir la violencia, la exclusión y la discriminación. Nadie es feliz en un contexto de enfrentamientos constantes.

La toma de conciencia sobre los efectos de las decisiones es cada vez más determinante en un mundo globalizado donde hay importantes tecnologías, pero escasa visibilidad de mediaciones y representaciones sociales; lo cual sucede en gran parte por falta de un debate público político acerca de los impactos de las decisiones de gobiernos y corporaciones, pero también por la ausencia de deliberación pública acerca de lo que es importante para el bienestar de los ciudadanos.

La deliberación pública es central para tener desarrollo humano. Esta es una muy buena práctica e indicio para saber que uno está viviendo en una cultura que aspira a ser democrática. La felicidad se da cuando uno encuentra su sitio en la comunidad, no fuera de ella ni destruyéndola.

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