Por: Mariana Escobar – Representante de FAO Perú

El 16 de octubre se celebra el Día Mundial de la Alimentación. En el 2021 cobra más relevancia que nunca: casi 3,000 millones de personas en el mundo no pueden permitirse una dieta saludable, un panorama inédito e inaceptable de hambre, desnutrición crónica infantil, anemia, sobrepeso y obesidad.

Hoy día se debate sobre la urgencia de transformar los sistemas alimentarios. ¿Qué tiene ello que ver con esta crisis alimentaria y sus posibles soluciones? Todo que ver. Somos lo que comemos o no comemos. Somos las formas como se producen, comercializan, preparan y almacenan los alimentos. Somos parte integral y activa del funcionamiento de estos sistemas. Para bien o para mal. En esta región –incluido el Perú– los sistemas alimentarios tienen trayectorias excluyentes e insostenibles. No hay acceso a alimentos variados, suficientes, inocuos y nutritivos para todos porque una dieta saludable cuesta casi seis veces más que una dieta calóricamente eficiente; millones de pequeños productores producen ineficientemente y comercializan a precios injustos; las cadenas de abastecimiento son caóticas, informales y costosas; se pierden y desperdician millones de toneladas de alimentos al año. Igualmente está la presión excesiva de estos sistemas sobre los recursos naturales. La producción de alimentos degrada o destruye ecosistemas, y un porcentaje no despreciable del total neto de emisiones de gases de efecto invernadero se atribuyen a la producción agropecuaria, forestal y al cambio de uso del suelo.

Tenemos el reto de alimentar a 10,000 millones de personas en el 2050. Hay entonces que producir más, mejor, de manera inclusiva, sostenible y resiliente. Una tarea urgente e irreversible. ¿Cómo avanzar? El Perú trazó este año una hoja de ruta para lograr un sistema alimentario sostenible*, en el cual el gobierno, con el concurso de actores del sector privado, sociedad civil, comunitario y academia, debe adoptar medidas que fomenten la producción sostenible de alimentos nutritivos y asequibles para todos; que promuevan la inclusión y el aprendizaje; que estimulen los ingresos rurales; que ofrezcan redes de protección a los agricultores familiares; que impulsen la innovación y las soluciones digitales en diálogo con los saberes tradicionales y ancestrales; y que desarrollen la resiliencia y adaptación al cambio climático.

La hoja de ruta debe ser permanente y públicamente discutida para construir consensos en torno a la “transformación” e instalar la visión de “sistema” como condiciones esenciales para desencadenar un proceso en el que no será posible tener un único “director de orquesta” y que todo ocurra en simultánea. Lo realizable es un proceso que permita la interacción de múltiples iniciativas, actores y sectores que en diferentes momentos y lugares promuevan cambios pequeños y grandes. Solo así será realista avanzar en el reto tal vez más formidable, complejo e incierto que tenga la humanidad por delante.

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