Por Juan Manuel Robles.

Prólogo del libro “El niño de La Arboleda” (Pesopluma, 2021)

EL MIRADOR MAZEYRA…

La vida es una gran desilusión y la familia bonita, una farsa. Pero quedan para el recuerdo los amigos, las chicas y el alcohol: suficiente para que el buen humor emerja con su luz (incierta, débil, prestada). Es difícil no tener estos pensamientos encontrados cuando uno lee los cuentos de Orlando Mazeyra: resultan tan entrañables siendo a la vez tan crudos y mordaces. Luminosos y tiernos, pero desesperanzados y crueles. Adictivos como las historias de juventud entre cervezas, con el ritmo trepidante de un día que pinta fantástico, pero que se arruina luego por las miserias de la vida cotidiana. Como en «Entre tocayos», donde un niño no puede celebrar su cumpleaños porque su padre militar tiene que cumplir con el deber: el de cocinar para su superior, adularlo y emborracharse con él, pues festeja el mismo día.

Mazeyra es un narrador perenne: la vida ha moldeado su forma de escribir y la escritura ha determinado los pasos que da en la vida. O al menos en la vida literaria de su alter ego narrador, que es lo que nos incumbe. Lejos de Vargas Llosa —el gran referente de todo escritor arequipeño—, este libro se instala en la mejor tradición peruana del yo: la de Julio Ramón Ribeyro y sus escritos autobiográficos. De hecho, el autor tiene un talento ribeyriano escasísimo: ser pesimista y encantador a la vez. Poético y patético. Ribeyro retrató al cirujano que lo iba a operar por los problemas de salud derivados del tabaco: antes de quedarse inconsciente por la anestesia nota que el médico, una eminencia, tiene en los dedos las manchas inconfundibles del fumador empedernido. Algo de ese espíritu posee Mazeyra, quien en «El doctor “Vecuronio”» nos cuenta de un médico al que todos aprecian en un hospital público por su eficiencia, profesionalismo y una gran cualidad: hacer que los pacientes mueran rápido para dejar camas libres.

Con ese humor fatal van apareciendo viñetas demoledoras. En «El puente Chilina», el narrador camina sobre un puente monstruoso que es el preferido por los suicidas, y en medio de la contemplación lo sorprende un hombre que llega en auto y abandona a su perro. Mazeyra no oculta su desprecio por sus semejantes en esa ciudad hermosa a la que él no le dedica ni una sola postal o descripción halagüeña. Como Oswaldo Reynoso —el otro gran narrador arequipeño—, parece creer que el volcán Misti está puesto allí para que sus poetas sueñen mejor con la destrucción de la ciudad amada (que terminan odiando).

El sillar, esa piedra volcánica de la que están hechas las paredes de las construcciones del centro colonial de Arequipa —cuya luminosidad repetida le da el apelativo de «ciudad blanca»—, en el universo de Mazeyra se reduce a una habitación de juventud —el cuarto de sillar— que mamá quiere demoler para hacer departamentos y ganar dinero alquilándolos.

Mazeyra parece dispuesto —más por fatalidad que por voluntad— a dinamitar cualquier imagen ideal de la familia. La familia aparece aquí como una patología social. La escritura, desde una ciudad conservadora del tercer mundo, nos recuerda que Latinoamérica sigue siendo el territorio de la convivencia forzada, donde hijos habitan hasta los treinta con padres a los que odian y las hermanas escapan a Europa en cuanto tienen la oportunidad. Los afectos están quebrados, los vínculos dañados, las ceremonias y rituales son el colmo de la hipocresía.

El único bautizo que vale la pena ver, nos dice el narrador, es el del hijo de Connie Corleone en “El Padrino”.

“El niño de La Arboleda” no pretende ser la crónica social de un país souvenir; no hay alusión a los grandes relatos del terrorismo, ese «gran tema peruano». Pero sabemos que los retratos de familia brutalmente honestos terminan revelando cosas sobre el tiempo y la política de una nación. Así vemos nítidamente el mundo del padre odiado, una camarilla de militares corruptos que se beneficia de Fujimori y Montesinos durante la dictadura, y que usan ese enlace para conseguir los dineros que permitan hacer realidad su gran sueño: un casino erigido sobre el campo donde juegan los niños. Los uniformados que el chico Orlando crece viendo, esos tíos impuestos, no son héroes de nada; son señores que viven para la adulación, y hasta se oye a unos comentar cómo le prepararon personalmente la cama al presidente que llegó de Lima a visitarlos.

La mirada de Mazeyra tiene la capacidad de fijar violencias «pequeñas» que provocan rencores eternos. Pero en esta bella colección de relatos hay también sensibilidad y melodrama, amor narrado con franqueza y maestría. A decir de las declaraciones del escritor, el hecho de que su narrador se llame Orlando sí es lo que parece: vida y literatura coinciden. La autenticidad importa poco en la ficción, pero en este libro hay imágenes tan brutales que es difícil pensar que no están marcadas por el fuego de la experiencia. También —hay que decirlo— está presente por todas partes el alcohol, con su dolor y su placer. Esa adicción es la culpa del padre, su legado impuesto contra la voluntad. Pero la embriaguez más lograda del libro no es la de los licores y las juergas autodestructivas, sino la que generan los diálogos, que el narrador domina como probablemente ningún autor peruano de su generación. Son diálogos naturales, humanos, contundentes, herederos de Puig algunas veces; otras, de Fuguet.

DATO

Mazeyra es uno de esos secretos bien guardados que felizmente produce páginas y más páginas con prolífica persistencia. He sabido que publicó un libro de relatos sobre la pandemia y que escribe a razón de un cuento por semana. Pues qué bueno. Al terminar de leer “El niño de La Arboleda” uno muere de ganas de acceder a esas nuevas joyas.

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