Por: Cecilia Bákula – El Montonero

Hay una canción bastante conocida que dice “…tropecé de nuevo y con la misma piedra…” en alusión a las repetidas veces que se comete un mismo error, sin percatarse de ello ni medir las consecuencias de esa frecuente o constante conducta. Algo semejante podría aplicarse al accionar que, en muchos casos, viene manifestando el actual gobierno, con una ceguera severa para entender las responsabilidades que se otorga a quienes asumen algunos cargos y cuáles son las condiciones mínimas que los elegidos deben cumplir, tanto en lo que respecta a su formación y capacidades, como en lo relativo a su historial personal.

Escándalo tras escándalo merman la credibilidad del presidente y del equipo que debe ir armando o mejor dicho, que va parchando sin lograr conformar un equipo sólido, eficiente y de probidad. Salvo en pocos casos, que son la excepción, quienes integran el gabinete adolecen de graves connotaciones negativas que motivan el rechazo creciente de la ciudadanía. Todo esto repercute en la cada vez menor aprobación de la gestión del presidente e impacta de manera directa en la visión del Perú que se tiene en el exterior y en el desempeño de la economía que es, en muchos casos, fiel reflejo de lo que acontece en una administración.

Si bien es cierto que en la última presentación tenida en CADE se intentó paliar y morigerar las expresiones vertidas anteriormente, contradictorias por cierto, respecto al respeto y promoción de las inversiones, es innegable que no se alcanza a recuperar la confianza del sector privado y cada contradicción, cada marcha y contramarcha, implican un severo retroceso, existiendo la amenaza de que no se alcance, ni de lejos, el porcentaje, de por sí ya bajo, que se ha ofrecido. Tampoco se logra propiciar un clima de garantía para la eventual pero indispensable inversión de capitales extranjeros.

Si agregamos el impacto de las dificultades que han enfrentado algunos proyectos mineros que motivaron incluso el cierre de algunas operaciones, el balance es gravemente negativo pues implica menos ingresos fiscales y un deterioro en la certificación internacional del Perú. Y ello conlleva que el Riesgo País aumente, perdiéndose la curva de crecimiento que se había logrado mantener en las últimas décadas.

Adicionalmente, el asistencialismo barato en el que se insiste no solo es lo que podríamos llamar un “engaña muchachos” sino que, en tanto todos los productos de la canasta básica han subido considerablemente de precio, ese bono no resuelve en nada la situación de los ciudadanos más necesitados pues ese dinero se esfuma a la primera compra. Lo que el peruano quiere no son dádivas en una mal entendida caridad que lejos de ser gratuita, busca ganar adeptos circunstanciales para un gobierno que no sabe cómo tomar en serio las riendas de la conducción del país. Lo que se exige es inversión que genere puestos de trabajo que permitan llevar un sustento digno a cada hogar.

No se ha logrado superar la percepción de corrupción que se hace cada vez más evidente en tanto se descubre día a día más casos que implican a personas designadas como autoridades y ello, lamentablemente, en todos los niveles de la administración. ¿Hasta cuándo vamos a ver que el ejercicio del servicio en el sector público, va a ser entendido como un botín personal, de favorecer a familiares directos y alejarse de lo que ha de ser el desempeño eficiente, responsable y honesto? ¿Hasta cuándo tendremos que ver que se usa y abusa del Estado para beneficio personal y en desmedro de quienes más necesitan?

No se alcanza a comprender la tendencia a cometer los mismos errores, por ejemplo, al designar y elegir a funcionarios que no dan la talla lo que viene motivando cambio y recambio de ministros; silencios elocuentes de la premier, contradicciones en los mensajes que se envía, injerencia en instancias de gobierno cuya independencia debería ser respetada como una máxima inalterable.

Todo ello motiva inquietud en la ciudadanía y esperamos que no sea una serie de acciones que, pareciendo erráticas o equivocadamente tomadas, se convierta en una forma constante de actuar, para agotar a la ciudadanía y adormecer la capacidad de reacción y rechazo.

Hoy ya se alza y con fuerza la voz que busca la vacancia. Ella será un auténtico clamor pues ni los bonos de caridad lograrán acallar las necesidades no atendidas; no podrán ocultar el desgobierno y esconder la inacción de las autoridades. La vacancia podría llegar a ser una necesidad si es que no se enrumba la gestión gubernamental y si no se demuestra capacidad para conducir al país y, cuando menos, elegir autoridades probas, eficientes y con capacidad de correcta y pronta acción.

En poco más de 100 días de gobierno y habiéndose terminado ya el único período de luna de miel entre el nuevo gobernante y la población, el balance no remonta, la evaluación es desaprobatoria y las consecuencias del desgobierno, prometen un horizonte con nubarrones. Quizá si se tuviera un equipo de gobierno efectivo; un gabinete de técnicos probos y con cierta independencia para actuar y si la máxima autoridad dejará de lado el amiguismo para convocar a los mejores tendríamos la esperanza de pensar que el panorama podría ser algo halagüeño.

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