Por: Jonathan Diez

El sábado pasado, en Róterdam (Holanda), miles salieron a protestar contra las restricciones del Gobierno frente a una nueva y violenta ola de contagios. Resultado: siete heridos, 20 detenidos, varios autos quemados. Un día después, en Bruselas, capital belga, 35,000 personas toman las calles con agitadas manifestaciones. En Viena (Austria) experimentan el cuarto toque de queda desde el inicio de la pandemia. En Europa, la situación toma un matiz más oscuro, justo al inicio de la época navideña, tiempos de mercados llenos de nieve, listos para el vino caliente y los turistas.

Las grandes ciudades se levantan, la libertad ante todo. ¿O la salud? Hace unas semanas, la sensación era positiva, incluso en el interior de algunos restaurantes de la costa holandesa, sin máscara y sin test la vida era posible. ¿Qué pasó en tan pocas semanas? La verdad es que la crisis nunca desapareció, esa sensación de que todo había terminado y que por fin podíamos tomar una cerveza en un bar fue tan solo una ilusión. Todo el sistema, ese mito del bienestar europeo, se cae a pedazos.

En la televisión alemana los medios ya no saben qué hacer para que la gente se vacune. Se discute mucho si debería ser obligatorio o no. Mientras eso, el campo financiero mundial se pelea por la vacuna más popular, aunque esté más que comprobado que todas responden bien al virus y pueden evitar una infección de gravedad. La crisis toca a la puerta, nos supera, los estados toman medidas que, en cualquier otro escenario, hubieran tildado de autoritarias.

Entre la salud y la libertad. Justo ahí nos encontramos. ¿Qué alternativas tenemos? De un lado, la economía de mercado es lo que cuenta; desde el otro, somos víctimas de una opresión de tipo Fahrenheit 451 que nos obliga a vacunarnos. Desde occidente, la libertad; desde China, la autoridad. Hay desconfianza por todos lados, y este es uno de los principios de la crisis, ningún sistema funciona sin víctimas.

Por el momento, solo nos queda no dar esta lucha por ganada. Todo lo contrario, la estamos perdiendo. La experiencia europea nos muestra que esto aún no ha terminado, que la querida “normalidad” que añoramos no existe más y que, si queremos construir algo de futuro, será sobre las cenizas de un mundo que poco a poco deja de existir. ¿Qué recordaremos de este año que ya termina? Que debemos aprender a convivir con el virus.

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