La Plaza de San Pedro, en Roma, luce en esto días un nacimiento elaborado por cinco artesanos de 

Huancavelica. Bajo la imponente basílica vaticana y entornadas por la Columnata de Bernini, las figuras de este belén andino llevan la indumentaria característica de la comunidad de Chopcca.  

Resultado de un secular mestizaje, este pesebre navideño invita a echar un vistazo a algunas de las mayores obras del género conservadas en el Perú.

Por Franz Grupp Castelo*

Greccio es un antiguo y pequeño pueblo, situado, casi con exactitud, en el centro de Italia. Fue en Greccio, en el año de 1223, donde San Francisco de Asís recreó, por primera vez y para despertar una mayor devoción hacia la venida de Cristo, la escena del nacimiento del Niño Jesús, iniciando así una tradición que arraigó con gran fuerza en todo el mundo cristiano, con características particulares, según los usos y costumbres de cada país.

En Europa, la costumbre de armar el presepio navideño fue expandiéndose cada vez más, hasta llegar, en los siglos xvii y xviii, a los grandes y afamados nacimientos napolitanos, que crecieron en base a la inclusión de diferentes pasajes de la historia sagrada y a la representación de escenas de la vida cotidiana local, con personajes trabajando en el campo, horneando pan, apacentando animales y en otras actividades rurales o pueblerinas. En España, y para incrementar también la devoción al nacimiento del Niño Jesús, fue el rey Carlos III -después de todo, rey de Nápoles antes de ceñirse la corona española- quien más animó la costumbre de armar cada año estos grandes nacimientos, que se desarrollaban como maquetas, en diferentes planos, y estaban compuestos por escenas detalladas de la vida de Jesús, en alternancia con la representación de las costumbres locales del momento. 

 Con el arribo de los españoles a tierras americanas en el siglo XVI, llegaron también, sus usos y costumbres, y de manera especial, sus manifestaciones religiosas. En los primeros tiempos del Virreinato del Perú, una de las principales preocupaciones de la administración hispana era la de «evangelizar a los naturales», cuya religiosidad estaba, como sabemos, orientada a rendir culto a la naturaleza, teniendo como principal divinidad al Sol, como fuente de luz y calor y, por tanto, origen de la vida. Difíciles tareas tuvieron los evangelizadores de aquel entonces, al pretender enseñar la religión católica a los nativos americanos, pues a más de las diferencias religiosas, estaba la gran barrera que implicaba el idioma: mientras los peninsulares hablaban castellano y latín, los habitantes de los Andes hablaban, entre muchas otras lenguas, quechua, aimara o puquina, con diversas variantes locales. Ante este escenario, los evangelizadores notaron que la mejor manera de iniciar a los americanos en el conocimiento de la religión católica era con el uso de imágenes que, pintadas o esculpidas, daban cuenta de la historia sagrada, la vida de los santos, los dogmas y demás conocimientos religiosos. Es por esta razón que en las iglesias del Perú es común encontrar series de cuadros de grandes dimensiones, con escenas de la vida de la Virgen, con pasajes de la Pasión de Cristo o la vida y obras de los santos.

Estas series pictóricas servían, en la mayoría de los casos, para que los adoctrinadores, puntero en mano, enseñen de manera visual, las historias y dogmas de la religión. Las esculturas también sirvieron para estos usos didácticos. Además de las grandes imágenes colocadas en los altares, se multiplicaron unos baúles que, una vez abiertos, exponían una serie de figuras que recrean escenas bíblicas. Estas cajas suelen ser de tamaños más bien pequeños, portátiles, de manera que resultaban prácticos para su traslado de pueblo en pueblo, en donde los evangelizadores los abrían e iban explicando el sentido y mensaje de las escenas allí representadas.

En Arequipa, al sur del Perú, se fundó el año de 1710 el Monasterio de Carmelitas Descalzas de San José y Santa Teresa. Este monasterio se construyó sobre un terreno donado por unas hermanas de apellido Arbe, quienes tenían un hermano, Pedro, que era cura, y regaló al nuevo monasterio, una de los más espectaculares baúles de la Natividad que se conoce hasta el momento.

La Crónica del Monasterio relata que la confección de la pieza fue encargada por Pedro de Arbe a escultores de la ciudad de Quito, quienes desde los primeros tiempos virreinales desarrollaron una escuela artística con características particulares. La misma crónica indica que el baúl fue traído, desde Quito hasta Arequipa, a lomo de mula, para ser entregado como regalo a la nueva clausura. La pieza estuvo durante casi tres siglos en la Sala de Recreación del monasterio, hasta que, en 1972, se trasladó a otro ambiente cerca del Coro Alto, en donde se encontró y restauró el año 2002. Se trata de una gran caja de madera, de casi dos metros de ancho por más de un metro de altura y alrededor de 80 centímetros de fondo. El baúl, una vez abierto, contrasta con su austero exterior, exponiendo arquitectura, paisajes, animales y decenas de figuras humanas. Cuando el baúl está cerrado, todos los elementos encajan en su sitio, sin tocarse, lo que dota a esta obra de arte de una calculada destreza técnica en su construcción. En la parte central, está el «Nacimiento de Jesús». 

Sobre el pesebre vuelan ángeles pendientes de hilos, que, junto a otros dos ángeles orantes, completan el grupo de la «Adoración de los ángeles». Hombres, mujeres y niños que se acercan, conforman el grupo de la «Adoración de los pastores». Pintada en el panel de fondo, está la escena de los «Ángeles anunciando a los pastores que Jesús ha nacido». Por un lado descienden a caballo los tres «Reyes Magos». Al pie del extremo de una montaña, el Arcángel Gabriel que anuncia su maternidad a la Virgen María. En la plataforma que nace de la tapa del baúl está 

el «Jardín del Edén», con Adán, Eva, el demonio y un espectacular grupo de animales fantásticos. Detrás del Jardín está la «Huida a Egipto» (interesante es la figura del infante Jesús, fajado y envuelto a la usanza andina). 

En la parte central se despliega la «Matanza de los inocentes». Rodeado de una ingenua arquitectura, se ve en otro espacio la «Visita de la Virgen a su prima Isabel». Detrás de esta escena, encontramos un dosel, bajo el que está «el Niño Jesús discutiendo con los doctores de la Ley», y entre árboles, en las aguas de un tranquilo río, está la escena del «Bautismo de Cristo». Los lados del baúl también se abren, enmarcando todo el conjunto con las figuras de dos grandes ángeles. La parte superior de la caja permanece fija, figurando por su interior un estrellado cielo 

nocturno. La mayor parte de las pequeñas figuras humanas, que no pasan de los 15 centímetros de altura, están íntegramente talladas en madera y fueron policromadas y doradas con oro, a punta de pincel. Hay algunos personajes, como los del grupo del Niño discutiendo con 

los Doctores de la Ley, que están hechos con alma de maguey (cactácea americana muy suave y liviana) y tela encolada. Casi todos los animales, están modelados en pasta, mientras que las formas arquitectónicas están talladas en madera, y en muchos casos fueron policromadas y 

recubiertas de pan de oro. Por su tamaño y complejidad, lo más probable es que este baúl se haya ensamblado y acabado de decorar en Arequipa, viajando desarmado los casi 3000 kilómetros que hay entre Quito y Arequipa. Esta posibilidad se refuerza por el panel de fondo de todo el conjunto (en donde está el «Anuncio de los ángeles a los pastores»), de indudable estilo pictórico sur andino, en el que se ven pintados paisajes y arquitectura propios de Europa, sin 

duda tomados de los grabados que llegaban del viejo continente y que se sabe eran muy del gusto de los pintores del sur del Perú, especialmente de los pintores cuzqueños, dentro de cuyo radio de influencia se encuentra la ciudad de Arequipa. 

En Ecuador existen grandes grupos escultóricos contemporáneos al Baúl de la Natividad de Santa Teresa, en donde se nota claramente el diestro trabajo de manos similares a las que ejecutaron esta obra, pero no se conoce una que albergue las escenas antes mencionadas dentro de un baúl que se puede cerrar íntegramente. En Lima, en el Museo Pedro de Osma, existe otro Baúl de la 

Navidad, de menores dimensiones que el de Santa Teresa, que debe haber sido construido en el Cuzco. Las escenas están enmarcadas por un balcón corrido cubierto de pan de oro. Los personajes están modelados en pasta y vestidos con tela encolada. En la ciudad del Cuzco, en el 

Monasterio de Santa Catalina, se exhibe otro Baúl de la Natividad, de dimensiones intermedias entre el de Santa Teresa y el del Museo de Osma. En este caso, las piezas que componen las escenas son de facturas y materiales diversos, pues se nota que con el tiempo se han ido añadiendo escenas y personajes. Es interesante constar cómo, con el correr de los 

años, la costumbre de hacer nacimientos desarrolló toda una industria escultórica en ciudades como Lima, Cuzco, Quito o Ayacucho, con características propias, que generaban gran expectativa por las novedades, sobre todo de escenas locales, presentadas por los numerosos escultores dedicados a su confección. Esta tradición continúa y en muchas ciudades del Perú hay ferias navideñas, en donde los artesanos ofrecen  imágenes  de  San  José,  la Virgen, el Niño y los pastores y ángeles que los acompañan,  vestidos con trajes típicos de las diferentes regiones 

del país. Célebre es el Santiranticuy, que cada navidad y desde la época virreinal, se realiza en la Plaza de Armas del Cuzco, en donde se venden imágenes de todo tipo para adornar los nacimientos, empezando por el famoso «Niño Manuelito» que continúan produciendo los artistas del barrio de San Blas.

*Conservador y restaurador de obras de arte. Director del Museo de Arte 

Virreinal de Santa Teresa. (quipu virtual).

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