Por: Rubén Quiroz Ávila – Presidente de la Sociedad Peruana de Filosofía, profesor universitario

El asombroso Abraham Valdelomar hizo uno de los poemas más conmovedores sobre la ausencia de un ser querido: “Hay un sitio vacío en la mesa hacia el cual / mi madre tiende a veces su mirada de miel, / y se musita el nombre del ausente; pero él / hoy no vendrá a sentarse en la mesa pascual”.

Resume lo que ha significado este 2021 para las familias peruanas. Todos han perdido a alguien. Todos tienen un dolor que ha crecido como un monstruo y se quedará habitando muy dentro. Es un dolor indescriptible, ante el cual las palabras son insuficientes, vanas, esforzadas, casi inútiles. La insoportable levedad del ser en su máxima expresión.

Por ello, estos días en los que se hacen balances y se ejercitan recuentos, uno debe agradecer el haber sobrevivido. Y extender la gratitud a aquellos que nos han ayudado, en sus diversas formas, a valorar profundamente la vida. Tal vez esa sea la lección: entender que somos una cadena de instantes cuya intensidad depende de nosotros. Que esos pequeños momentos de felicidad nos los merecemos. Aunque la incontable pena estará coexistiendo por un lapso en nuestra alma adolorida. Sin embargo, sintamos que cada día sea una oportunidad para amar de todas las formas posibles. Que el amor, aunque muchas veces insuficiente, nos ha ayudado a salvarnos. Si bien la muerte ha triunfado en algunas batallas, la solidaridad le ha hecho frente y la fe no se ha extraviado totalmente. No todo está perdido, entonces.

Algo de fortuna nos queda, al comprender que estamos vivos de nuevo y hemos sorteado, o milagrosamente o con cuidadoso cálculo, a la inmarcesible parca y su filuda guadaña que se ha cebado con los que menos posibilidad tenían para protegerse. Todo este aluvión de sufrimiento cuando menos debe habernos llevado a apreciar a cada una de las personas que nos importan. Y que hay que decirles ya mismo que las amamos con todas las formas posibles.

Hay algunos seres amados que no estarán en nuestras cenas, no volverán con su sonrisa inmensa o sus abrazos múltiples y estrujadores, o sus tardanzas que tanto nos hacían renegar. Veremos algunas imágenes para recordarlos, lloraremos de nuevo, la aflicción inevitable. Una de estas noches nos fundiremos en un solo y único abrazo para sentir el precioso latido de los que se fueron. Pronunciaremos sus nombres, una y otra vez, como una letanía infinita. Tendremos una silla vacía a la cual volveremos la mirada y daríamos todo lo que tenemos para que estén de nuevo con nosotros. En el fondo sabemos que no pasará. Podemos decir que vivirán en nuestros corazones para siempre, pero eso no detendrá nuestro desconsuelo. Los retendremos por un tiempo, por el impacto de sus existencias en nosotros. Les daremos la apariencia proyectada con nuestros recuerdos, con la cálida invención de nuestro imperecedero afecto. Estarán con nosotros hasta que comencemos a olvidarlos.

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