Por: José Obeso Manchego

Imaginemos por breves segundos una Arequipa sin su majestuosa catedral, sin su convento de Santa Catalina o sin sus puentes Bolognesi, Grau y Bolívar

Obras centenarias y colosales edificadas sin depurados estudios de factibilidad ni la docena de autorizaciones gubernamentales o licencias sociales existentes a la fecha.

Arequipa se forjó grande y majestuosa porque sus hijos antepusieron los intereses del pueblo a cualquier mezquindad personal. Y la edificaron durante cuatro siglos, derrochando valores de pertenencia, respeto y laboriosidad.

Pero alejémonos de esa Arequipa de sus 4 primeros siglos, para centrarnos en la Arequipa de los últimos 80 años. Y seguiremos encontrando otras obras magníficas, como las irrigaciones de La Joya, San Camilo, La Ensenada en Islay y la primera etapa de Majes. Juntas suman poco más de 37,000 hectáreas de tierras que se riegan con aguas de las vertientes de los ríos Chili, Tambo y Colca.

Todas ellas con algunas deficiencias y limitaciones. Pero sus frutos alimentan generosamente al pueblo y cobijan a 120 mil compatriotas y generan otro tanto de puestos de trabajo indirectos.

Curiosamente el proyecto de irrigación con más cuestionamientos es la primera etapa de Majes, a pesar de ser el más reciente, ya sea porque se utilizó mucha agua en el regadío de sus 15,900 hectáreas o porque sus 2,900 propietarios apenas pagaron al Estado un porcentaje del valor real de sus parcelas de 5.5 hectáreas.

Pero la Arequipa de los grandes desafíos tiene estos días, quizá si su más importante tarea. La historia dirá que un 21 de agosto de 1970 Velasco Alvarado firmó en nuestra Plaza de Armas el Decreto Ley 18,375 por el que se creó el Proyecto Majes Siguas. Y que 51 años después, nuestros consejeros regionales decidieron la suerte definitiva de la segunda y más importante etapa del proyecto.

Nadie niega que son días aciagos, ensombrecidos por los barrotes del penal de Socabaya que recluyeron al Gobernador Cáceres Llica y a otros dos consejeros, amén de otros más, prófugos de la justicia.

Pero nunca las grandes obras han caído del cielo por gracia divina. Esta Arequipa que queremos y es joya universal, es fruto de corazones valientes y mentes lúcidas, que sabían que el miedo es la antítesis de las obras importantes.

El proyecto estaba ejecutándose hasta el 2018, cuando la empresa constructora Cobra planteó la necesidad de suscribir la adenda 13 que se vincula al sistema hídrico. Desde entonces se han avivado múltiples cuestionamientos al proyecto que van más allá del monto de 104 millones de dólares que demanda la Adenda.

A tales cuestionamientos han respondido la Contraloría General de la República, el Ministerio de Economía y Finanzas y la Presidencia de la República, apoyando el proyecto y la suscripción de la adenda 13.

Quizá porque saben que las 38,500 hectáreas que involucra el proyecto, generarán 125 mil trabajos productivos directos y 150 mil indirectos. Que el Gobierno Regional de Arequipa en representación del Estado peruano, suscribió el 17 de julio de 2018 el contrato de suministro de agua para permitir la construcción y operación de las centrales hidroeléctricas de Lluta y Lluclla, con una inversión de la empresa privada de 940 millones de dólares para generar el doble de la energía que consume la región Arequipa. Y que la suma de ingresos al Estado por diversos conceptos, llegaría a los 3,500 millones de soles anuales, al quinto año.

Beneficios que nuestras autoridades están obligadas a conocer y evaluar, al momento de apoyar o decretar la muerte del proyecto más importante de nuestra historia.

Los gobernantes de un país como el nuestro, en el que 1/3 de sus 33 millones de habitantes viven en pobreza, están obligados a comportarse como los grandes estadistas. Y los estadistas viven liderando a sus pueblos, desafiando la mediocridad y el confort personal. Conociendo el pasado, analizando el presente y avizorando terrenos fértiles para el futuro.

Por ello los gobernantes que alcanzan los niveles de estadistas, siempre tienen frente suyo a la balanza de los dos platillos. En uno van las imperfecciones y cuestionamientos y en el otro, los frutos, los valores, la vida.

El 6 de enero de 2019 Cáceres Llica declaró que jamás firmaría la adenda 13. Y dos días antes de ingresar a prisión, llamó traidores a quienes no firmen la adenda 13. Cuando hay tanto en juego, los gobernantes deben sobreponerse a intereses personales y coyunturales. Asumir el rol del gran líder, para impulsar estas obras faraónicas y superar cualquier imperfección o limitación que pudiera existir.

El hambre del pueblo lo demanda y los consejeros le dirán estos días a la historia si tuvieron la talla que se necesita para ser parte de esa obra tan gran.

Hay ingenieros como el ex Viceministro de Agricultura, Leonidas Valdivia, que sustentan diversos cuestionamientos al Proyecto. Y no negamos que pudiera tener razón en algunos argumentos. Pero, ¿acaso algún gran proyecto en el mundo nace perfecto?

En el 2010 el precio previsto de una hectárea era de poco más de 5 mil dólares. Hoy ese valor se ha triplicado. Y mientras más tiempo permanezca paralizado, terminará haciéndose inviable, imposible. Y 275 mil nuevos empleos estarán perdidos.

Tenemos fe en que nuestros consejeros firmen la adenda 13. Habrá tiempo para que trabajen día y noche para solucionar temas pendientes importantes como la titulación de las tierras de Pusa Pusa o el planeamiento de la futura ciudad para 150,000 habitantes, que debiera ser un desafío a los tradicionales conglomerados humanos, plagados de anarquía y desorden.

Nuestros señores Consejeros Regionales, que pueden ser los héroes del mañana, también tendrán la tarea de reforzar el equipo humano de Autodema con la participación de los mejores profesionales del país y el asesoramiento de expertos internacionales. Y el respaldo de una oficina descentralizada de la Contraloría General de la República, para que todos duerman tranquilos, mientras construyen el proyecto más importante de nuestra historia.

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