Por: + Javier Del Río Alba – Arzobispo de Arequipa

Cada 1 de enero se celebra la Jornada Mundial de la Paz, instaurada por el Papa san Pablo VI en el año 1968 con la finalidad de “dedicar a los pensamientos y a los propósitos de la paz, una celebración particular el primer año del día civil” (Mensaje, 8.XII.1967). Son muchos los esfuerzos hechos en las últimas décadas para promover la paz entre las naciones y en los pueblos. Pese a eso, como el Papa Francisco nos recuerda en su mensaje para la jornada que celebramos al comenzar este año, “el ruido ensordecedor de las guerras y los conflictos se amplifica, mientras se propagan enfermedades de proporciones pandémicas, se agravan los efectos del cambio climático y de la degradación del medioambiente, empeora la tragedia del hambre y la sed, y sigue dominando un modelo económico que se basa más en el individualismo que en el compartir solidario” (Mensaje, 8.XII.2021). Si miramos a nuestra realidad peruana, como a aquella de otras naciones, podríamos añadir los enfrentamientos irracionales entre ciertos grupos políticos, la inseguridad ciudadana, la violencia doméstica, la agresividad social manifestada en el mundo digital, etc. Ante estas situaciones, el mismo Francisco propone tres caminos para construir una paz duradera, que encuentro totalmente válidos para nuestro Perú.

El primero de ellos es el diálogo entre las generaciones, en el cual se pueda forjar una complementariedad entre la experiencia y la sabiduría de los mayores y la creatividad y el dinamismo de los jóvenes. “Los grandes retos sociales y los procesos de construcción de la paz no pueden prescindir del diálogo entre los depositarios de la memoria – los mayores – y los continuadores de la historia – los jóvenes – y tampoco pueden prescindir de la voluntad de cada uno de dar cabida al otro, de no pretender ocupar todo el escenario persiguiendo los propios intereses inmediatos como si no hubiera pasado ni futuro”, nos dice el Papa.

El segundo camino que nos propone Francisco es la instrucción y la educación, a las que califica como los principales vectores de un desarrollo humano integral porque hacen a la persona más libre y responsable. Con esa finalidad, destaca la urgencia de que los estados inviertan más recursos en la formación de las nuevas generaciones y que a través de esta se promueva la cultura del cuidado mutuo y del medioambiente, centrada en la fraternidad y en la alianza entre el ser humano y su entorno. Para ello, el Papa aboga por la creación de “un nuevo paradigma cultural, a través de un pacto educativo global para y con las generaciones más jóvenes, que involucre en la formación de personas maduras a las familias, comunidades, escuelas, universidades, instituciones, religiones, gobernantes, a toda la humanidad”.

Como tercer camino, Francisco propone promover y asegurar el trabajo digno, formal, justamente remunerado y cubierto por un sistema de seguridad social universal que proteja a los trabajadores y sus familiares. Para ello: “Es necesario asegurar y sostener la libertad de iniciativas empresariales y, al mismo tiempo, impulsar una responsabilidad social renovada, para que el beneficio no sea el único principio rector”, concluye el pontífice.

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