Por: Juan Carlos Rodríguez Farfán

En nuestro país, hay un arte en el que muchos logran la excelencia: poner el cabe. Para los neófitos, marcianos o extranjeros, en peruano “poner el cabe” significa poner la zancadilla, hacer de la obstrucción malosa el mecanismo para entrabar la carrera de un semejante.

En el ámbito particular, en la vida profesional, en el universo político. Se cree imposible surgir, desarrollarse, realizarse sin evitar de menoscabar al vecino.

Durante años este elemento de nuestra idiosincrasia se resumía al término envidia. Más aún, la envidia es considerada entre los siete pecados capitales condenados en la Biblia. Pero en tiempos más recientes lastimosamente este concepto se ha desarrollado y ha creado sus variantes.

La competición promovida por el modelo neoliberal puede ser un factor. Para ser ganador se considera necesario aplastar al contrincante, al colega. En el Perú de postrimerías del 2021, “poner el cabe” se ha convertido en una regla, en una religión. Cualquier iniciativa, por más laudable que sea está condenada al entrabe.

Un ejemplo palmario de mi teoría en la esfera política, es lo que ocurre con Pedro Castillo. Al día siguiente de su asunción como Presidente de la República, ya se proponía su vacancia.

¿Qué pulsión suicida nos gobierna?

Las reglas democráticas no funcionan, están sujetas a caprichos y manipulaciones. La oposición, cuyo rol debería ser el de permitir un contrapeso vigilante, se ha convertido en un poder alterno, por no decir informal. El Presidente soy yo, parece proclamar cada congresista electo. La soberanía del voto popular no cuenta. Meto cabe y me hago famoso parece ser la absurda consigna.

Gobernar un país tan fraccionado como el Perú, es un desafío ciertamente, pero por lo mismo exige el ejercicio de mejores conductas. Pedro Castillo, como cualquier otro mandatario, merece un tratamiento más responsable por parte del poder legislativo, como el de la prensa. Los amantes de la zancadilla adoran hacer caer al que tiene la pelota, robársela, y, si es posible, ocasionarle una lesión.

¿Y el país en todo esto, y el bien común, y la necesidad de un proyecto nacional, y el hambre de los niños, y el sistema de salud en estado de coma…?

El gobierno, función honorable decidida por el voto universal, requiere de condiciones favorables para su ejecución. El cabe como fórmula, es un despropósito, es una actitud inmoral.

¿Mientras se satisfacen deseos de venganza, o de frustración, se ejecuta el derecho a la libertad? El quid de la cuestión está ahí. Qué es más importante en el fondo: ¿mi frustración personal contra el bienestar de millones? ¿Es más importante mi ascensión en imagen política, que la solución de cosas tan fundamentales como el agua potable y la luz eléctrica?

Meter cabe al final es sencillo. Es un viejo truco de payasos de circo. La víctima cae de bruces y el espectador ríe. Pero en la vida real, que implica ocuparse de salud, educación, cultura de muchos, que somos nosotros mismos, la broma no tiene gracia. El circo, como espectáculo tiene sus códigos, hermosos y fundamentales, pero ellos funcionan bajo una carpa y el tiempo de la representación. El vivir en colectividad no debería sucumbir a la seriedad aburrida de lo establecido, pero sí una cierta coherencia, una cierta justicia social, una cierta noción de solidaridad, una cierta poesía.

Poner el cabe es una actitud humana, se diría social, hasta histórica, pero quizás deberíamos deshacernos de esa costumbre como acto reflejo. Y si la consigna fuera más bien: Pongo mi mano, pongo mi talento, pongo mi ciencia. Pongo mi imaginación; por ti colega, extranjero o vecino.

Contigo hermano disímil construiremos juntos una casa.

¿Es demasiado pedir, realmente, es demasiado pedir?

Dejar respuesta

Por favor ingresa tu comentario
Por favor deje su nombre aqui