Por: Rubén Quiroz Ávila – Presidente de la Sociedad Peruana de Filosofía, profesor universitario

En el 2021, aún en un contexto adverso, inhospitalario, la poesía ha mostrado también sus formas sublimes y su capacidad discursiva de ser un método de evocación. Felizmente ha resistido los embates de las maquinarias industriales (tan nocivas para la narrativa) y sus artilugios de marketing. La poesía ha estado exenta de las tentativas del capitalismo más bárbaro.

El acontecimiento poético del bicentenario es la preciosa edición de El guerrero del arcoíris, la obra suprema póstuma del poeta chalaco Guillermo Chirinos Cúneo, bajo la supervisión de Cecilia Podestá. Señalo la protección de Armando Arteaga, quien preservó estos manuscritos. Una antología estupenda es Porque no tenemos nada, lo haremos todo, del simbólico distrito limeño de Villa El Salvador, a cargo del incansable gestor Michel Jiménez, que nos da indicios de las varias tipologías de la poesía moviéndose en la gran ciudad. En la misma ruta va Máquinas en Proceso: Primera Sala, un abanico de diversas propuestas (Mario Sebastiani, Paola Quiroz, Karla Gil, Joe Angulo, Vanessa Cueto, Sebastián Brenes, Lesley Costello y Luis Peralta) que están en ebullición, naciendo, ascendiendo, con fulgores, en aciertos, un cálido laboratorio poético.

Rubén Urbizagástegui juntó sus magistrales poemarios en Para que no digan que no crucé ríos y montañas, donde vemos el poder de su registro, una exacta combinación de crónicas andinas y visiones urbanas, con un tono irónico implacable. Su poesía es superior a muchos de su generación más bien sobrevaluados. En el notable proyecto transbarroco de José Antonio Mazzotti, una de nuestras figuras poéticas mayores en la actualidad, en su El zorro y la luna. Poemas reunidos 1981-2021, donde vemos una radiografía social y del lenguaje de toda una época peruana, con la cadencia y exploración que este poeta, radicado en Boston, nos ofrece sostenidamente.

Ana Varela, con Lo que no veo en visiones, necesariamente reeditado, cuya fortaleza lírica es simplemente hechicera, posee una persuasión límpida que nos adentra a todo un imaginario seductor. El retorno más cáustico y performático de Diego Lazarte con Calaveras retóricas, junto al más reflexivo Califato de Lima, de Diego Otero, un poeta cada vez más brillantemente oscuro. La angustiante y sorda bitácora lírica de Wilber Moreno en Destrucción del tiempo, con la honda sublimidad y esas plegarias transfiguradoras de Úrsula Alvarado en Canto a la hoja que cae. En Corazón esqueleto, de Enrique León, los versos se fragmentan, se reducen al punto de la precisión. Juan Andrés Gómez nos deja Diálogos póstumos como una puesta de escena. Un sonido amarillo, de Rosa Granda, en sus enunciados y su fraseo semántico, es imperdible. Fiesta, de Denisse Vega, es una ofrenda asombrosa que ausculta el alma hasta su hondura. Valeria Román, en Ana. C. Buena, consigue su más audaz movimiento escritural.

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