Por: Miguel A. Rodríguez Mackay – El Montonero

La derecha de América Latina desdeña a la izquierda tanto como esta a la derecha de nuestra región. Jamás han tenido elevación para aceptarse mutuamente y para creer que tienen valores y virtudes políticas que compartir. Al contrario, cada vez que han llegado al poder, a su turno, lo han hecho denostando una de la otra y solo hallándose mutuamente una montaña de antivalores, llevando adelante la dialéctica política que se expresa en el discurso del ataque al rival como arma fundamental para conseguir el poder político. Esta práctica relevante y muy de moda después de mediados del siglo XX, realmente sigue vigente. Gabriel Boric Font se ha convertido en el presidente más joven en la historia de Chile acribillando a su rival de la ultraderecha, José Antonio Kast, con su discurso inclusivo y nada conservador, y en el que los antagonismos entre ricos y pobres siempre es la fórmula maestra para la referida dialéctica.

También pasó hace medio año en Ecuador donde el banquero Guillermo Lasso que venía de quedar en segunda posición durante la primera vuelta electoral, terminó remontando a Andrés Arauz, el candidato de la izquierda ecuatoriana promovido por Rafael Correa. Lasso no dejó de inquirir a sus compatriotas las desgracias de los gobiernos de izquierda en América Latina, poniendo siempre a Venezuela y a Nicaragua, como las naciones con mayor ausencia de democracia, base para cualquier interacción interestatal seria en nuestros lares. Sin que decante una victoria electoral, seguramente también pasará en Colombia, donde Gustavo Petro, exalcalde de Bogotá y exguerrillero, calienta motores para la contienda electoral del 29 de mayo de 2022, y aunque diga que “Colombia no necesita un gobierno socialista sino uno de paz y tranquilidad”, cuando se halle en la arena política terminará dominado por el discurso dialéctico, achacando a la derecha cafetera los yerros en la historia reciente del país.

La dialéctica, entonces, que es el mayor legado de Hegel para la teoría política -capitalizada por el socialismo científico con Carlos Marx y Federico Engels durante el siglo XIX, dedicados a relievar las consecuencias de la Revolución Industrial-, es esencial en el discurso político y más durante una campaña electoral en que los rivales están abocados en acabarse mutuamente, porque esa será la única manera de conseguir el poder que todos quieren.

Pero las derechas y las izquierdas de América Latina jamás se han podido librar de los caudillos, una de las herencias políticas del virreinato. Cada uno con su estilo, siguen apareciendo como imprescindibles en la conducta ciudadana de nuestros países que cansados de los rostros que llegaron al poder por sus votos, tiempos después los han encumbrado otra vez en la conducción del destino de sus naciones. Como Porfirio Díaz en México y José Domingo Perón en Argentina, que fueron el éxtasis político en sus países durante fines del siglo XIX y comienzo del siglo XX, y mediados de la centuria anterior, respectivamente, también pasó con Alan García en Perú en los ochenta y Hugo Chávez en Venezuela, desde fines de los noventa y ni hablar en Luiz Inácio Lula da Silva que se perfila otra vez como presidente de Brasil.

Siempre he creído que los caudillismos les han hecho mucho daño a nuestros países. En gran parte de los frustrados procesos políticos en nuestra región, los caudillos han sido el mayor óbice para la afirmación y la consolidación de los partidos políticos. Casi siempre todos los proyectos políticos colectivos han terminado en las personas, pasando a un segundo plano a los partidos políticos y esa es una de las razones por las que en la mayoría de nuestros países las elecciones terminan siendo los procesos electores de los candidatos antes que de los partidos. Por esto último, los partidos no han podido contar el desarrollo estructural requerido y hasta terminaron desplazados por los movimientos o las coaliciones, más bien hilvanadas por la coyuntura para solamente conseguir el poder político a cualquier precio.

En tercer lugar, la aparición de los gobiernos de izquierda o derecha en América Latina no lo estamos mirando como parte del fenómeno de la ciclicidad del poder político, propio de la naturaleza del ejercicio mismo del poder. No existe el poder perpetuo. Es como la paz, y aunque se levante de su tumba Enmanuel Kant, mantener la paz debe quedar claramente enmarcada como legítimamente aspiracional pues todos sabemos que las guerras y los conflictos son parte inexorable de las relaciones humanas. La tenencia por alternancia del poder político, entonces, no debería escandalizar a nadie.

Una de las razones que configura a la afirmación de la ciclicidad o la rotación en el ejercicio del poder es el fenómeno del desgaste político. Mirar América del Sur en su momento con gobiernos como el de los Kirchner en Argentina, Lula en Brasil, Correa en Ecuador, Michelle Bachelet en Chile, Evo Morales en Bolivia, Ollanta Humala en Perú o José Mujica en Uruguay, etc., no podía verse sino a partir del desgaste de los gobiernos a los que vencieron para conseguir el poder. Ellos mismos debieron ceder la posta gubernamental a Mauricio Macri en Argentina, Jair Bolsonaro en Brasil, Lenin Moreno en Ecuador, Piñera en Chile, Jeanine Añez en Bolivia, Pedro Pablo Kuczynski en Perú o Luis Lacalle Pou en Uruguay.

Propio de la referida ciclicidad del poder, en nuestra región en los últimos años siguen llegando al poder político algunos otros gobiernos de izquierda. Por la naturaleza del desgaste se impone el cambio y nadie debería alarmarse por ello. Alberto Fernández se hizo presidente de Argentina en 2019 y Luis Arce de Bolivia en 2020, en plena pandemia. Pedro Castillo asumió en Perú en julio de 2021 y Gabriel Boric lo hará en Chile en marzo de 2022 y se presume que Lula y Petro podrían ser ungidos en Brasil y Colombia, respectivamente en el 2022. Pero la ciencia política no es matemáticas. Esta premisa explica la vigencia de la excepción como pasa en Ecuador donde el presidente Guillermo Lasso se ha convertido en una isla entre varios gobiernos de izquierda.

No menciono en mi análisis a Venezuela, Nicaragua o Cuba porque sus orígenes o mantenimiento en el poder no son democráticos. Los gobiernos de Nicolás Maduro, Daniel Ortega y Miguel Diaz-Canel, respectivamente, acabarán tarde o temprano. Todos hubiéramos querido que sea más temprano que tarde y por eso fue un error desactivar al Grupo de Lima que le permitía al Perú el liderazgo en la política regional que perdimos. La cancillería no fue capaz de decirle al presidente Pedro Castillo que el Grupo de Lima era perfectamente compatible con un gobierno de izquierda, pero no lo hizo porque quienes la conducen temían y siguen temiendo perder sus puestos o sus esperadas salidas al exterior con destinos mapeados y cuidados con velita misionera. Era y es un asunto de valores democráticos que superan a la ratio ideológica sino miremos el caso del presidente electo de Chile, Gabriel Boric, que siempre en su discurso se ha venido mostrando distanciado de Maduro, Ortega y Díaz-Canel. Juntos pero no revueltos es la regla de oro para una política internacional del siglo XXI que los timoratos de Torre Tagle no saben llevar adelante.

Los gobiernos de izquierda o de derecha llegan al poder en nuestra región porque los cambios son fenómenos que surgen con la naturaleza temporal del poder. La democracia es perfectamente compatible con los gobiernos sean capitalistas o comunistas como se los llamaba en el siglo XX durante la Guerra Fría, o sea de derecha o de izquierda, conservadores o progresistas, como se los señala en los últimos tiempos. Que los gobiernos de América Latina defiendan las ideologías que crean como las mejores es comprensible y perfectamente compatible con la democracia. En el siglo XXI lo que sí no deberíamos aceptar es a los regímenes marginales con la democracia o si prefiere mejor, a las dictaduras, que en nuestra región ya hemos visto cómo se han resistido en querer dejar el poder y como todo cansa, quienes se han resistido a dejarlo han terminado muy mal.

Los dictadores en América Latina, que más bien han tenido la conducción política de facto, son una larga lista y aunque también se desgastan, por si acaso están fuera de la ciclicidad o rotación del poder producto del pacto político social de nuestros países. Fulgencio Batista terminó huyendo de Cuba ante la llegada de Fidel Castro en el amanecer del 1 de enero de 1959; Anastasio Somoza –que murió en Paraguay por un atentado en 1980–, también huyó de Nicaragua en julio de 1979 ante el inminente ingreso de los revolucionarios; y, en Perú, Alberto Fujimori, una vez desnudada la corrupción en su gobierno por los vladivideos, terminó alejándose del país y renunciando por fax desde el extranjero en 2000, aunque luego extraditado, encarcelado, indultado y vuelto encarcelar.

Finalmente, es verdad que los gobiernos de izquierda o derecha tienen sus particularidades, propias de la ideología que profesan, que los lleva a efectuar modificaciones en las perspectivas o destinos para sus países; sin embargo, también lo es que en el pleno siglo XXI ya son pocos o ninguno los que llevan adelante cambios dramáticos en el modelo económico. Quizás durante las campañas electorales se volvieron con los discursos para las tribunas, pero una vez en el poder, el realismo político los supera porque no hay nada que pase por encima a los gobiernos, a los gobernantes y a los propios pueblos, que el inexorable decurso de la realidad. China fue realista y manteniendo sus bases primigenias sostenidas por el centenario Partido Comunista, se volvió con la historia y los nuevos tiempos, entre los mayores capitalistas de la sociedad internacional.

Así que, lo más importante en los gobiernos de la región no es que sean de derecha o de izquierda, y que, por serlo, sus clases políticas desesperadamente buscan en modo intolerable, sacarlos del poder. Pasó con Sebastián Piñera en Chile y con Iván Duque en Colombia por la izquierda radical de sus países o pasa con Pedro Castillo por la derecha y ultraderecha peruanas. El equilibrio y la ponderación son las bases para sostener la viabilidad de un sistema político, por eso un gobierno que dice llamarse conservador u otro que se diga comunista, cuando en el fondo ni el comunismo ni el hoy campante neoliberalismos, tiene la verdad absoluta de nada, deben adecuarse cada vez más a los consensos y al sincretismo político. Dejemos que la ciencia de las relaciones internacionales y la ciencia política, ambas como amparo científico para comprender la ciclicidad del poder, expliquen el decurso de los gobiernos sostenidos sin intolerancias por la democracia, sean de derecha o de izquierda.

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