Por: Uri Landman – El Montonero

Este es el título de la última novela que escribió el escritor norteamericano y Premio Nobel de Literatura Ernest Hemingway. Hemingway era un asiduo visitante de Cabo Blanco, donde practicaba la pesca deportiva del merlín. Inclusive algunas escenas de la película El viejo y el mar, filmada en 1958, fueron rodadas en Cabo Blanco. Este balneario de la costa norte del Perú estuvo de moda muchos años antes que se construyeran Punta Sal o Máncora.

Para recibir este año nuevo decidí empacar mis cosas y viajar a Punta Sal con la mejor compañía del mundo. Una vez que llegamos al aeropuerto de Tumbes, me golpeó el rostro no solamente el aire caliente y seco de Tumbes, sino la realidad de la infraestructura de provincia, en particular el aeropuerto de dicha ciudad.

A pesar de ser un aeropuerto concesionado a un privado –y según me comentaron los trabajadores, en mejores condiciones que cuando lo manejaba el Estado– es lamentable ver cómo una zona con un potencial turístico enorme no tiene un aeropuerto internacional en donde recibir viajeros de todo el mundo. Apenas tiene una pista de aterrizaje y una torre de control.

Mientras nos dirigíamos a la salida de Tumbes, camino a Punta Sal, Darío, nuestro chofer, nos explicó que las decenas de puestos al lado de la carretera, en los que vimos cientos de bidones, eran de gasolina ecuatoriana de contrabando, que se vende a vista y paciencia de las autoridades, mayormente utilizada para el servicio de mototaxi.

Ya en plena carretera atravesamos rápidamente pintorescos balnearios como Zorritos, Punta Canas, Cancas y Punta Sal, en donde el esfuerzo de los privados ha construido cientos de casas de verano. La gran mayoría de estas viviendas no cuentan con título de propiedad, solamente con título de posesión, emitido por la Municipalidad del distrito. Pero ello no ha impedido que los peruanos hayan invertido miles de millones de soles en levantar sus casas de playa y hoteles. Ante la ausencia del Estado, los privados han tenido que pagar por su propio tendido de redes eléctricas, construir sus tanques de agua (abastecidos por camiones cisterna), implementar sus accesos a las playas y en muchos casos hasta organizar la limpieza de las playas, ya que no lo hace la Municipalidad. Imagínense lo que pudiera crecer la zona si el gobierno emprende un programa de formalización de todos estos predios y se termina de una vez con los traficantes de terrenos.

Ya una vez instalado en el departamento que había alquilado, contraté los servicios de Juan, dueño de una empresa de turismo que organiza paseos en bote, para avistar los tiburones ballena y nadar con las tortugas gigantes. Cuando llegué al día siguiente, muy temprano, al muelle donde nos esperaba Juan, lo primero que llamó mi atención fue que este pequeño empresario contaba con tres botes con capacidad de diez personas cada uno para el paseo. Luego también llamó mi atención que, a pesar de estar en un bote en medio del mar, tanto Juan como su hijo de 14 años, que lo apoyaba en las labores, usaban todo el tiempo la mascarilla para prevenir el Covid.

Lamentablemente no pudimos encontrar los tiburones ballenas que cruzan las costas peruanas frente a los balnearios del norte. Pero si pudimos nadar con las tortugas gigantes, una de las experiencias más interesantes que he tenido. Si pensaba que el tour se había terminado, estaba equivocado. Al subir al bote, Juan nos había preparado un ceviche de pescado que sería la envidia de Gastón Acurio y las mejores cevicherías de Lima. Imagínense compartir un ceviche fresquísimo con Juan en su bote.

Juan nos contó que ellos han estimado la población de tortugas gigantes en unos cien ejemplares y, según le habían explicado, estos animales pueden vivir hasta casi cien años. Ante la ausencia del Estado, entiéndase Inrena, ellos solos han implementado un criadero de tortugas para ayudar a la reproducción de la especie.

A Castillo y a todo su Gobierno comunista les sugiero que escuchen a los pequeños empresarios, como Juan. Ellos no quieren bonos yanapay, no quieren que les regalen nada, quieren que los dejen trabajar. Además exigen del Gobierno,apoyo científico y tecnológico para poder salir adelante.

Pero la historia de Juan no es única, se repite en todo el Perú. Los pequeños agricultores de los Andes, los criadores de alpacas y vicuñas, las comunidades nativas de la selva, todos y cada uno de ellos exigen que el Estado haga su trabajo. Pero sobre todo, que no se meta en sus iniciativas privadas, ya que saben que es la única manera de salir del subdesarrollo y la pobreza.

Ante la ineptitud del Gobierno, los comunistas azuzan a la población contra la empresa privada (ejemplo: las mineras). Estos agitadores políticos engañan a las comunidades, vendiéndoles el cuento de que es culpa de la empresa privada (la minera) que ellos no tengan agua, luz, Internet, colegios, hospitales y carreteras, cuando nada de lo anterior es responsabilidad del sector privado. Por supuesto que la minera debe pagar sus impuestos (y cumplir las normas ambientales), pero es el Estado el que tiene la obligación de satisfacer las necesidades de la población, de manera eficiente y oportuna, no pasándole la responsabilidad a la empresa privada. Mientras esto sucede, la mitad de los gobernadores regionales están presos o siendo investigados por actos de corrupción.

Después de unas merecidas vacaciones, tomé el avión de regreso a Lima, no sin antes haber recargado mis energías para continuar con la cruzada contra los comunistas que quieren destruir nuestro país, con la excusa de que ellos representan el pueblo. Eso es mentira. El pueblo es Darío, el chofer que nos llevó hasta Punta Sal; el pueblo es Juan y su hijo, que desde muy temprano salen en sus botes para avistar los tiburones ballena, llevando a los turistas con ellos; el pueblo es el pequeño empresario que ha invertido todos sus ahorros en construir un hotel en esta parte maravillosa de nuestra costa. Ellos son el verdadero pueblo y no los comechados que viven del Gobierno.

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