Por: Arturo Valverde – El Montonero

Siempre que nos reuníamos para almorzar o cenar, ese momento alrededor de la mesa de nuestra casa solía convertirse en la hora del cuento. Todos tienen siempre algo que contar después de comer: alguna noticia publicada en los diarios, el repentino deceso de un amigo, un viaje inesperado o alguna entrañable anécdota. Todo ello, a mi ver, es materia prima para la obra literaria.

Pensando en ello recordé que varias historias del escritor francés Guy de Maupassant, al que hemos tratado en esta columna el año anterior, tienen como escenario o punto de inicio una comida. Los personajes suelen encontrarse alrededor de la mesa, y de repente uno de los comensales evoca un recuerdo, alguna situación que despierta la curiosidad de los demás, que le escucharán con suma atención.

“Ayer estábamos a 31 de diciembre. Yo acaba de almorzar con mi antiguo amigo Jorge Guerin, cuando…” (El buque náufrago). “Después de comer se referían aventuras y accidentes de caza…” (El guarda). “Los huéspedes entraban poco a poco en el comedor inmenso del Hotel, ocupando cada uno su puesto. Los mozos empezaron a servir, lentamente, mientras…” (Historia triste). “Estábamos en el comedor de una fonda de Barbizón, y mi interlocutor repuso…” (El ladrón).

“Después de comer subimos a cubierta” (El miedo). “He aquí lo que el anciano marqués de Arville nos contó en casa del barón de Ravels al terminar la comida de San Humberto” (El lobo). “Los cinco amigos acababan de comer” (Las sepulcrales). “Terminaba la comida de apertura de casa en casa del marqués de Bertrán” (La sillera). “Era la hora del té, momentos antes de pedir luces” (La dicha). “¿Tomemos café en el terrado? –preguntó el capitán” (Mohammed-Perdis).

Ahora que medito en ello, no puedo imaginarme qué historias habrían contado los personajes de Maupassant alrededor de una mesa peruana, entre ajíes y rocotos, chicha, chicharrones, tamales… en fin, con esa exquisita variedad culinaria que tiene nuestro país. Tal vez, se me ocurre que se hubieran dedicado a comer en lugar de hablar entre ellos. Pero, por otro lado, me pregunto si acaso las mejores historias requieren de un estómago contento y satisfecho.

Un fragmento del libro En torno a Maupassant (1931), nos trae una cita de Zola que parece calzar con la descripción de este genio del cuento: “Para el anacreóntico de Au soleil no hay gloria comparable a un espléndido día de campo. El talento se inicia en la festividad de los sentidos; y la celebridad, desde Epicuro, se ha nutrido en las fuentes del placer orgánico. Por eso, ante el soberbio apetito de Zola se complace en repetir: Le génie c’est un bon estomac”.

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