Por: Juan Carlos Rodríguez Farfán

La epidemia mundial provocada por el coronavirus ha puesto en evidencia las serias limitaciones que tiene la ciencia para difundir sus logros.

Si al inicio, primer semestre del 2020, el personal científico no tenía las herramientas para controlar la expansión del virus, luego de transcurridos casi dos años y con el advenimiento de las vacunas, la situación es distinta y mejor. Lo que no ha cambiado es la persistencia de un sector minoritario de la población que apuesta al escepticismo, a la negación de la realidad.

El caldo de cultivo para los corona-escépticos y los vacuna-escépticos es el complotismo. Esta postura que consiste en explicar fenómenos de distinta índole (desde el ataque terrorista a las Torres Gemelas de Nueva York, hasta la aparición de la Covid 19 en Wuhan|) como producto de un proyecto planetario de destrucción, urdido por personas o naciones inmisericordes.

El complot mundial resulta entonces un mecanismo de explicación sencilla y definitiva. Que los llamen Bill Gates, CIA o Perico los Palotes, “existe alguien que ha preparado sádica y conscientemente nuestra perdición”. El complotismo deviene así, en una visión maniquea de la realidad donde lo que cuenta no es el análisis y la reflexión (fundamentos de la ciencia), sino el prejuicio y el miedo (fundamentos de la fe).

Que uno crea en un Dios único, en una multiplicidad de deidades o en ninguna es un asunto personal, íntimo. Pero cuando una creencia (basada en supersticiones, fake news y otras necedades) concierne una conducta social, entonces la cosa se complica. En particular con un bicho particularmente peligroso como la Covid 19 que mata por millones.

Con la aparición de la vacuna, la percepción complotista ha alcanzado su límite. El control de la expansión de este flagelo mundial, no se resuelve con pensamientos mágicos, con suputaciones de intervención extraterrestre, ni maldición divina.

Sólo la ciencia puede salvarnos. La ciencia que implica: diagnóstico, análisis concreto y propuestas tangibles y verificables. Y la vacuna, sea cual fuere su marca o procedencia está salvando vidas.

Pero si los vacuna-escépticos dudan de mi palabra vayan a revisar las estadísticas. Las cifras no tienen ideología, las cifras son una representación de la realidad. Y las cifras de la nueva ola de la pandemia en el Perú y en el mundo arrojan una apabullante realidad: los nuevos contagiados, los enfermos que ingresan a las camas UCI, los pacientes que fallecen producto de la Covid 19 son en su trágica mayoría, los no vacunados.

En este contexto la vacunación voluntaria va más allá de creencias, de mitos y fabulaciones personales. La vacunación es un acto de responsabilidad con el semejante, con la sociedad. Salvo una enfermiza autosuficiencia, nada justifica exponer al padre, madre, hermanos, hijos, vecinos, colegas y desconocidos a un eventual contagio que puede llevarlos a la tumba.

Ojalá que la pulsión de vida, que estoy seguro todo ser humano posee, logre vencer esta vez. Que el raciocinio y la empatía primen. Que la necesidad de construir un futuro armonioso para la humanidad y el planeta sea nuestra prioridad.

El título de nuestra crónica, parafraseando el to be or not to be, (“ser o no ser”) de Hamlet escrito hace cinco siglos por el magnífico Shakespeare, nos interpela sobre nuestra actitud frente a la vida o la muerte en este incierto 2022.

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